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domingo, 31 de marzo de 2013

Lágrimas negras



Permitan que nos preparemos para uno de los momentos más importantes de la historia reciente del barcelonismo. Y permitan que me adelante: repasando a vuelapluma nuestros últimos 70 años, podemos llegar a convenir que hay por lo menos 11 tipos distintos de lágrimas culés:

-Lágrimas Ramallets. La tragedia de Berna no pudo ser más cruel con aquel portero enorme. El trauma de aquel error le acompañó durante décadas. De hecho, hasta hace muy poco tiempo, aún aprovechaba las llamadas de los periodistas para culpar de la derrota más dolorosa de la historia del club al entrenador de aquel naufragio, Enrique Orizaola. Las lágrimas de Ramallets son unas lágrimas de rabia ante el infortunio. Para entenderlas basta con decir que el hombre que las lloró por primera vez acabaría perdiendo la vista.

-Lágrimas Kubala. Elijan momento: cuando se fue al Espanyol, cuando dejó el fútbol, cuando marcó aquel penalti en su gélido homenaje en el Lluís Companys, cuando falleció, cuando se descubrió su estatua en el Camp Nou. Son lágrimas de reconocimiento al hombre que nos convirtió en un club enorme, lágrimas fundacionales.

-Lágrimas setenteras. De carácter adolescente, eran las lágrimas que lloraba el barcelonismo durante los 60, los 70 y los 80 cuando un año tras otro veían que Rexach o Migueli habían vuelto a no ganar la Liga. Se clamaba contra el árbitro o el régimen y alguien, a continuación, hacía ver que se secaba un ojo.

-Lágrimas sevillanas. Esa tanda de penaltis marca un hito en la producción lacrimal del pueblo culé. Muy pocos llegaron a ver con precisión la estampa de Urruti vencido: no usaban parabrisas.

-Lágrimas griegas. Desailly marca el cuarto y al rato Cruyff desmantela el equipo que nos hizo triunfar. Era ley de vida, pero aquel día muchos supieron que también la felicidad futbolera se acaba. Cada vez que un gran equipo queda enterrado, el mundo huele a Atenas.

-Lágrimas nuñistas. Las lágrimas nuñistas tienen para el barcelonismo algo de mayoría de edad. Las vertíamos, de pura risa, al recordar la delirante producción verbal del pecident, al recordar las miserias pasadas. Estas lágrimas recuerdan que también el pueblo azulgrana tiene sentido del humor, aunque últimamente, si se acompañan de una breve reflexión, tienden a quedar congeladas.

-Lágrimas Belletti. Almunia se la come, el héroe cae fulminado y un segundo después recordamos que éramos un equipo grande, que lo de Koeman no fue un espejismo. Lágrimas de orgullo culé.

-Lágrimas blanquiazules. Tamudo nos acaba de ejecutar en pleno Camp Nou. Algunos no pueden regresar ahí con la memoria, pero fueron lágrimas de genuino dolor.

-Lágrimas Ronaldinho. Él nunca nos hizo llorar. Pero en ese homenaje del Camp Nou, esa sencilla inscripción fue demasiado. Fue como releer la carta de amor que recibimos aquella primera vez. Un llanto de felicidad y de añoranza. Un "aún te quiero" que ya nadie oye.

-Protolágrimas. Algún día Messi jugará su último partido en nuestro estadio. Creemos, infelices, que estas lágrimas premonitorias nos ahorrarán algún dolor.

-Lágrimas negras. No se podrá explicar sin que la historia suene a cuento chino para niños insomnes. Pero un día, en nuestro equipo, jugó un héroe llamado Abidal. La primera vez volvió para alzar la Champions. La segunda... Háganse con un parabrisas, por Dios.

lunes, 3 de diciembre de 2012

La máquina del tiempo



Nostalgia: Del griego, dolor de una vieja herida. 

En rigor, este Barça inmortal es un equipo que tiende a ganar todos los títulos y a ridiculizar a sus oponentes. En rigor, sus futbolistas forman una generación única construida alrededor de Xavi, Busquets o Iniesta; posiblemente nunca nadie haya tocado el balón tan bien. Pero gran parte de la fascinación que genera este equipo se debe a Leo Messi, 169 centímetros, tal vez el mejor de siempre en esto de chutar la pelotita. A cuestas de su voracidad y de la plaga de estadísticos que muñen el balón, en los últimos meses le hemos descubierto una virtud más: la de transportarnos décadas atrás.

Así hemos gozado de cómo Messi se vengaba de Ronaldo por nosotros y anulaba su ridículo registro de 47 goles en una temporada. Con su vieja sapiencia ante los porteros hemos recuperado a Romário, aquella frialdad, aquellas vaselinas. Con la final que jugó en Wembley, con su alarido en el 2-1, supimos cómo Stoichkov habría celebrado en caso de marcarle a Pagliuca. Con su visión de juego y su profundidad nos hemos reconciliado con Laudrup. Con su amor por las grandes citas y las causas perdidas, Rivaldo ha vuelto a nosotros.

Pero no todos tenemos una memoria tan corta. Este sábado, mientras la máquina de Tito completaba la tarea de hacer picadillo del Athletic, un señor que tendría 85 años se giró hacia nuestra mesa y dijo: "Acaba de empatar a César". Se refería a los 190 goles de La Bestia Parda en Liga. "¿Era bueno?", le pregunté a aquel culé. No respondió. Se le arrugó el gesto, emitió un sonido, de algún modo asintió. Aquel hombre humildemente endomingado se estaba trasladando a su juventud, a cuando les guiñaba el ojo a las señoras y bebía whiskies con sus amigos y no le dolían todos los huesos del cuerpo y Les Corts era una fiesta. Por ese viaje en el tiempo a la felicidad de su juventud, nuestro amigo pagó una cerveza y unas aceitunas.

Muchos como él viajarán pronto en el tiempo de la mano de Messi. Recordarán a Müller y el terror que desencadenó en los 70. Muy pronto, también, veremos a Maradona, y a Platini y Raúl y Cruyff y Pelé, y a todos a la vez, porque La Bestia Parda es todos ellos en cada gesto. Y así seguiremos catando el delicado placer de la nostalgia.

Posiblemente hay en esta Caverna quien escuche a Leonard Cohen para ponerse melancólico o quien se aplique otros rebuscados rituales masoquistas. No duden que dentro de 50 años la simple pronunciación de "Me-ssi" hará que evoquen, en un segundo, las alegrías de su vida y sus viejas heridas, y también los cánticos y cicatrices de generaciones de barcelonistas. Todo al módico precio de unas aceitunas y una cerveza.

lunes, 7 de mayo de 2012

La 'messianización' de los récords



Hace un año, una fiera presumida llamada Gianni batía un récord antológico logrando 41 goles en una sola Liga. Había superado a Zarra (1951) y Hugo Sánchez (1990). Su plusmarca goleadora estaba llamada a permanecer durante mucho tiempo. Sólo un año después se ha visto minimizada por una fuerza sobrehumana que humilla a todo el que se propone desafiarla.

Messi, el hombre que un día dará nombre a nuestro estadio, lleva ya 50 goles en esta competición: ha pulverizado el registro anterior mejorándolo un 22%. El dato es de auténtico extraterrestre. Llevada a otros deportes, esto es lo que ha conseguido La Bestia Parda: el récord de los 100 metros de Usain Bolt (2008), ese 9,69, pasaría a ser de 7,55. La salvajada de Michael Johnson en los 400 (1999), de 43,18, quedaría en 33,68 segundos. Si La Bestia Parda corriera un maratón, Haile Gebbreselassie vería cómo sus 2h 04,26 de 2007 se convierten por arte de magia en 1h 36,92 Si el 10 azulgrana hiciera salto de altura, elevaría los 2,45 de Javier Sotomayor (1993) hasta los 2,81, y si se atreviese con la pértiga, el anciano récord de Bubka, esos 6,14 de 1994, serían superados por un irreal 7,49. El récord de salto de longitud de Mike Powell de 1991 (8,95), pasaría a ser de 10,91 después de ser messianizado. Etcétera: la vuelta al mundo en barco sin escalas la haría en menos de 36 días, si se metiera a hacer apnea con aletas, se zambulliría hasta los 323 metros de profundidad o ascendería al Everest desde el campamento base en menos de 10 horas.

Más allá de los números, Messi ha conseguido que pensemos que con él no hay nada imposible. Absolutamente nada. Superar a Pelé, a Muller, a César, todo en unos pocos meses. En todas las competiciones suma 72 goles, y uno piensa en Romário y comprende que estamos viviendo algo insólito, sobrecogedor, que probablemente arrancará a nuestros nietos cuando se lo contemos caras de "usted, abuelo, abusó del MDMA".

Lo peor de todo esto es que aún queda una jornada. Non sum dignus.

domingo, 25 de marzo de 2012

Muera la inteligencia




Ocurrió el Día de la Hispanidad de 1936 en la Universidad de Salamanca. El paraninfo estaba atestado de falangistas y carlistas, también asistieron la mujer de Franco y varios militares que apoyaban el golpe contra la República, entre los que sobresalía en barbarie José Millán-Astray. Del auditorio salió el grito "¡Viva la muerte!", lema de los cabestros de la Legión. Un tal profesor Maldonado tomó la palabra para decir que "Cataluña y las Vascongadas" eran "cánceres en el cuerpo de la nación" y para felicitarse de que el fascismo sabría "cómo exterminarlas cortando en la carne viva".


Tras varios aullidos franquistas, Miguel de Unamuno, rector de aquella universidad, tomó la palabra para poner algo de humanidad en aquel esperpento haciendo referencia al hecho de que Millán-Astray era tuerto y manco: "Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor".


Su heroico discurso vino seguido de un conato de linchamiento público y del grito de Millán-Astray que pasó a la historia para definir la esencia del franquismo: "¡Muera la inteligencia!". Tres palabras que han retumbado estos días en mis oídos a raíz del bochorno del Villarreal, cuando La Banda, tras ser claramente beneficiada por el arbitraje, montó un zafarrancho atroz en protesta contra el árbitro. La pataleta no ha amainado aún, ya lo saben: ahora no hablan con los medios, están cómodos clausurados en su mundo de bilis y paranoia. Llamativo también resulta ver las iniciativas de la afición dando pábulo a la locura de Mourinho. "Tu silencio es el grito del madridismo" es el inexplicable hashtag que ha inundado Twitter desde entonces. Una falta de autocrítica total, idéntica a la que se produjo después de que el Quincazo Segundo se negara a pedir perdón por su agresión a Tito Vilanova y una pancarta lo bendijera: "Tu dedo nos marca el camino".


A pesar de Aznar, del Tito Flo y de las mayorías absolutas del PP en Madrid, sería injusto y simplista hermanar al fascismo con ese club. Pero sí llegamos a la conclusión que en un país donde no se hubiera gritado "¡muera la inteligencia!" en su universidad más antigua sería impensable el amparo mediático y social que está recibiendo Mourinho. En un país que no hubiera vivido una Guerra Civil para recuperar los valores del medievo no habría hoy tantas decenas de miles de personas tan dispuestas a bunkerizarse en uno u otro bando ignorando premeditadamente la verdad; en un lugar donde el tirano murió en la cama 39 años después del golpe no sería normal la ciega adhesión al primer caudillo que se les cruza. Y más aún cuando ese caudillo, no siendo tuerto ni manco, arrastra tan evidentes mutilaciones.

miércoles, 21 de marzo de 2012

234




Perdonen si hoy nos regodeamos en esta barbaridad. Ronaldinho dejó el Barça con 95 goles. Stoichkov se fue hasta los 118 goles. Romário nos regaló 39 obras de arte. Y Cruyff, 51.  El gran Rivaldo, ese héroe, 177. Maradona se quedó en 38. Ronaldo hizo 47.


Cruyff logró 266 goles con su Ajax. Maradona, 115 en el Nápoles. Platini cantó gol 103 veces en su gran Juve. Van Basten logró 125 tantos en el Milan. Baggio cerró su larguísima carrera con 241 goles en todos sus clubes. Y Henry se fue del Arsenal por última vez con 229 goles en la saca.


Aquí ya explicamos que las décadas y el blanco y negro no servirán de trinchera para los genios antiguos que quieren defender su jerarquía frente a Messi. Está llegando a lo más alto. Primero, Di Stéfano. Y más tarde, el día llegará y se verterá sangre, Pelé.


Por encima de todo, al margen de números y comparativas, La Bestia Parda nos hace felices. El Estadi Leo Messi sonríe al ver su trote desigual, su sprint furioso. Esa gloria de 169 centímetros.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Imparable

¿Tú crees que Dios sabe lo que está pasando?
Espero que sí.
¿Crees que puede pararlo?
No. No lo creo.
No es país para viejos, Cormac McCarthy
Ahora que Messi parece convencido de devorar la gloria de todos los futbolistas, presentes, pasados y venideros, vivos y muertos, no cuesta imaginar un aquelarre de leyendas en una dimensión paralela al que asiste un Kubala aterrorizado, César, oculto bajo la cama, y Zidane, Platini, Van Basten, gente ya vencida; y sin poder ocultar su preocupación, también Cruyff, Di Stéfano y Maradona. Ni Pelé acierta a sonreír ante el terror a lo inevitable.
A todos ellos, y a sus viudas y huérfanos les gustaría mantener su supremacía, su posición, su estatus, pero ya intuyen que sólo les quedarán las cenizas de la gloria perdida. Puede que no entiendan la frialdad implacable de este Chigurh de 169 centímetros. Deben saber que un día se propuso ser el mejor. El resto es historia.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La toma del Palacio de Invierno

Se abaten sobre nosotros las catástrofes pero no podemos reprimir la sonrisa. La célebre #ligademierda es pura disbauxa y pillaje. La Champions, el paraíso de los justos, nos espera. Uno no puede imaginar un planeta mejor. Porque dos circunstancias anticipan que La Banda volverá a quedarse con las ganas: la mayor estupidez de la historia del fútbol y las llegadas de Alexis, Sex y Thiago. Este Barça, un equipo antológico, vuelve a estar espoleado por un hambre de siglos. Si no hay lesiones o accidentes aéreos, apuesten al rojo.
A la culerada podría ocurrirle que tras el empacho de gloria de los últimos años, algunos títulos le sepan a poco, a beso en la mejilla. Error: desde un perspectiva histórica, es mucho lo que el Barça puede lograr este curso: un sorpasso histórico que entierre para siempre ese ley de oro de que La Banda es el mejor club de siempre porque Di Stéfano lo sembró de títulos y furia competitiva.
El viejo orden se resquebraja. La demolición es lenta, ocurre en el terreno psicológico y social, en las barras de los bares y también en los libros. Así, el mito incuestionable de La Saeta Rubia como el mejor jugador que ha pisado nunca España se tambalea. Messi, de 24 años, ya roza sus proezas. Le faltan dos Champions y tres ligas. 60 goles. Sólo seis alaridos para desbancarle como máximo goleador de la historia del Clásico. Está todo a un jadeo. Y ya saben, ganar la Copa de Europa nunca fue fácil, pero es que este equipo nos hace sonreír en pleno tiroteo.
Así pues, cuando vean a los Khediras y los Alintops trotar no olviden que este Barça no sólo compite contra la Hermandad de la Delincuencia Quinqui. Este Barça ultima la toma del Palacio de Invierno donde vive la leyenda de Don Alfredo. Será un éxito del presente que se abatirá sobre los años que vienen y sobre los lustros que quedaron atrás.
Y, 50 años después, Kubala dejará de mirar a Di Stéfano desde abajo.

miércoles, 5 de enero de 2011

El placer de sufrir

"Emil cae de rodillas, hunde la cabeza en la hierba amarillenta y permanece en esa postura varios minutos durante los que llora y vomita y se acabó, se acabó todo".
Así de patética fue la despedida de Emil Zatopek de las competiciones de fondo: entre lágrimas y sin medalla en unos Juegos. Habían sido años de ganarlo todo, había acumulado hasta nueve récords del mundo en distintas distancias. Así recuerda Correr, de Jean Echenoz, cómo fueron sus últimos días en la élite, sus últimas victorias ya de muy veterano:
"Los camaradas aclaman a Emil instándole a que pronuncie unas palabras en el podio. Estoy contento, declara Emil, pero siento que un joven no haya vencido. Los jóvenes aman más que yo la victoria. Yo tengo 33 años, no tengo la misma voluntad de vencer y sólo corro por el placer de correr. Gracias a todos. Recibe una ovación. Qué gran tipo, piensa la gente, Dios, qué gran tipo".
Bien podría decirse que este Barça ha ganado demasiado y ha envejecido y que sólo podrá seguir en la cima si logra competir por placer una vez empachados de gloria, goleadas, espectáculo y títulos. Esta noche está en juego el buen ambiente del vestuario y un título hoy en el agreste San Mamés. Y eso en un equipo donde Milito ha anunciado que se quiere ir, porque el orgullo es lo primero para un futbolista y donde jugará Xavi para dejar atrás a Migueli, ese ídolo forjado en época de cartillas de racionamiento. Habrá que ver si el once azulgrana es capaz de sudar y recrear la leyenda de Zatopek, el hombre cuyos rasgos "se distorsionaban como desgarrados por un horrible sufrimiento" cuando corría.
Que su ejemplo llegue al vestuario. Porque han de saber que meses después de su fracaso olímpico y de su adiós, decidió correr una última vez. Fue en un cross del País Vasco. Y esto fue lo que ocurrió: "Más gesticulante que nunca, transfigurado por el esfuerzo como en sus mejores tiempos, se lanza al sotobosque y entra en el hipódromo para ganar con una ventaja de 20 metros, saludado por miles de pañuelos. Todos aclaman al veterano".
Aquel día, como premio, le regalaron un perro al que llamó Pedro. Se despidió el atleta y nació su leyenda, la que años después le llevaría a ser aclamado cuando era un basurero represaliado y trotaba tras el camión por las calles de Praga. Ése era Zatopek, un campeón digno de inspirar a este equipo que divisa ya la anestesia de la eternidad.

viernes, 31 de diciembre de 2010

2010: Descanse en paz

Ha sido un año con moraleja: en pleno reinado de los Indas, Pedreroles y Ronceros, el Barça ha machacado a un Madrid presidido por Florentino y liderado por los Quinquis de Quinquis.
Ha sido memorable porque el fútbol ha vuelto a demostrar su capacidad de sorprender y premiar a los que tienen fe. Lo hizo en enero y repitió en mayo, fueron hechos insólitos y milagrosos.
Ha sido un año justo porque el pobre Andrés, el chaval triste, ha conseguido meterse entre los dos grandes monstruos del fútbol para pelear el Balón de Oro. Él, que estuvo meses sin jugar, que acabó la temporada con dos goles y este orgasmo.
Ha sido un año azulgrana porque en plena apoteosis de la crisis, sólo el Barça alegraba los telediarios y los periódicos.
Ha sido un año revolucionario porque ya no es pecado decir que Messi es mejor que Maradona.
Ha sido un año de saludable regeneración por el adiós de dos bultos sospechosos. Muy sospechosos.
Ha sido un año evangelizador porque el Barça ha ido más allá de sus vitrinas.
Ha sido un año tragicómico por estos dos penaltis en un mismo partido, que resumen la potra rojiblanca y lo pésimos que fueron sus rivales.
En suma, ha sido un año inovidable por la perfecta humillación a La Banda.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El pasado y el porvenir

La prensa española, como el resto del país, daba miedo. En portada, dos alusiones al Papa. En el interior, abundantes alusiones a la cúpula militar del dictador Francisco Franco. Un fiscal pedía pena de muerte para una madre y su hija por parricidio. Ésa era la España de 1955 y así la refleja un ejemplar del Correo Catalán del 5 de noviembre.
La crónica deportiva de ese rotativo barcelonés era cautivadora aquel lejano martes. Uno de los artículos que recoge es una entrevista titulada, atención, “El fútbol puede volver al buen camino revalorizando la nobleza”. Como lo oyen. Les transcribo a continuación lo más evocador de una charla entre el periodista, Ramon N. Salanova, y el jugador, Goicolea -es normal que no les suene: era el suplente de Ramallets, el Pinto de la época-. Tomen nota: así era el periodismo deportivo cuando el fútbol era amateur y las entrevistas no se pedían con semanas de antelación y los jugadores pisaban la calle y los periodistas no eran apestados. Cuando era normal preguntarle al jugador por su edad.
"Tras los saludos de rigor, convinimos en hablar de su situación en el C. de F. Barcelona y del fútbol en general (…).
-¿Cómo juzgas tu situación en el Club?
-Bien; muy bien. Soy amigo de todos los jugadores; no tengo nada con el entrenador; con Samitier estamos a partir un piñón; recibo un trato deferente por parte del presidente y los señores directivos; en fin, aquí estoy muy a gusto. (…)
-¿En qué medida son necesarias la clase y la suerte [para quitarle el sitio a Ramallets]?
-Sin que esto sea vanidad por mi parte, cuando el Barcelona me fichó fue porque reconocía en mi unos méritos. (…)
-Es de suponer que el Club sigue viendo en ti el buen jugador de antes, porque de lo contrario huboera prescindido de tus servicios, ¿no te parece así?
-Eso mismo supongo yo; y para que no haya dudas, en los entrenamientos me multiplico y espero con confianza el porvenir (…)
-¿Cuántos años tienes en la actualidad, Goicolea?
-¡Soy un chaval!
-¿Cuántos?
-28, y espero jugar en pleno rendimiento hasta los 34 (...).
-¿Cómo enjuicias el fútbol que en la actualidad se realiza en los campos españoles?
-En líneas generales, de poca calidad.
-¿Qué hace que sea así?
-Las tácticas de juego destructivo.
-¿Cómo volver al buen camino?
-Revalorizando el sentido de nobleza que indiscutiblemente tiene el fútbol. (…)
-¿No has pensado en cambiar de aires y ser titular en otro equipo?
-Siempre he tenido la secreta ilusión que un día sería el titular del Barcelona, y pensando así… Además, ahora, con el negocio que montamos con Luisito Suárez, en pleno rendimiento y que esperamos mejorar, ¿quién se marcha de esta ciudad?"
A pesar de su confianza en el porvenir, le dieron patada a finales de temporada y se marchó con toda su bonhomía al Condal, club que vivió con él bajo palos su única temporada en Primera.

martes, 30 de noviembre de 2010

Un paseo por la felicidad (I): Yo estuve ahí

Ahora que ya tenemos una edad, y no somos quienes nos susurraron que seríamos un día, que usamos crecepelo y preferimos no saber nuestro colesterol, que hemos recibido golpes y hemos entendido la palabra fragilidad, ahora que sabemos cuantísimo cuesta ganar 1.000 euros y qué fácil es perderlo todo en un suspiro, ahora que comprendemos que algún día no interesaremos a mujer alguna y dejaremos de trempar y que nuestros días acabarán sin que eso importe a más que un pequeño reducto de incondicionales. Ahora que sabemos lo que es pagar una hipoteca y nos cuesta horrores tomar una cerveza con un amigo, ahora es el momento de recordar que un día fuimos jóvenes y vimos volar a Romário en nuestro estadio y flotar a Cruyff en el Averno. La vida fluía alegre y sin dobleces.
Esta Barça, el Barça de todos los tiempos, nos lleva de vuelta al útero, a la sonrisa insondable de los niños. ¿Volveremos a verlo alguna vez? Qué más da. La felicidad es esto. Se alcanza un puñado de horas a la largo de toda una vida. Un suspiro. Una eternidad.

lunes, 28 de junio de 2010

Lo absurdo y lo vetusto

El gran Frank Lampard ha llevado al fútbol esta semana el debate sobre la tecnología como remedio contra los errores arbitrales. Desde distintos foros han salido todo tipo de cerebritos y futbólogos pidiendo la implantación de todo tipo de gadgets para fiscalizar el maravilloso mundo del balón.
Contra toda esa chusma, Dios nuestro señor ha escrito su brillante alegato. Desde esta caverna sólo queremos añadir una cosa: lo que está en juego con el ojo de buitre y ese montón de estupideces ni más ni menos que la esencia de este deporte, a saber, su imprevisibililidad. Quienes piden cablear los terrenos de juego atentan, en realidad, contra ese principio supremo del fútbol que es el absurdo.
Porque la cruzada contra los goles fantasma es el inicio, pero más tarde vendrá el monitor para juzgar las acciones polémicas -algo que ya se hace en esa aberración llamada hockey sobre hierba-, después, el rearbitraje de los partidos desde el televisor buscando acciones no vistas por el ojo biónico. El entierro definitivo sería la decisión de dejar de contabilizar los goles para decidir el ganador de los partidos en función de criterios como justicia y merecimiento.
Eso no existe en el fútbol. El fútbol es el altar que consagró la civilización a la guerra simulada y a la cultura del error. El fútbol son las corruptelas de Italia en los 30, la derrota de Hungría en el 54, la final de los palos cuadrados, el Estudiantes de The Animals y Veleno Lorenzi (aquí, su mayor genialidad cítrica). El fútbol son codazos, agarrones e insultos en la oreja, montones de artes ajenas al mundo de la justicia y que inciden en el universo de posibilidades que se abre entre portería y portería.
Si esta diatriba tecnófoba no les convence, espero que entiendan, al menos, que cuanto más se aleje de Wimbledon, mejor será el fútbol. Miren, si no, la F1, esa putrefacta sublimación de la tecnología. ¿Imaginan a Tévez de blanco y con raqueta? ¿Le imaginan mirando, enloquecido, las minifaldas de las azafatas en el podio del GP de Mónaco? Claro que no. Lo suyo es el fútbol, esa cosa vetusta, ese deporte absurdo y sin justicia.
PD. Si la hubiera, sería impensable que España llegara a semifinales de un Mundial con ese infame doble pivote después de enfrentarse a Paraguay.

domingo, 21 de marzo de 2010

La noche que sobrevivimos

Ocurrió desde el inicio de la segunda parte y se alargó durante 25 minutos. El 17 de mayo de 2006, durante la final de París, este Cavernícola era incapaz de mirar en el televisor un partido sobre el que tenía que escribir páginas y páginas. Una subida de tensión mantuvo al fallido periodista visitando continuamente el lavabo. Ignoraba qué ocurrió durante esa eternidad hasta anoche, cuando encontré valor para seguir esos minutos.
Varias lecciones pueden extraerse: Puyol y Oleguer hicieron el peor partido que ha firmado jamás una pareja de defensas en una final de ese nivel. Seguramente, la peor actuación de sus vidas, que no es poco decir; de haber perdido el Barça, lo más probable es que se les hubiera apedreado hasta la muerte en el aeropuerto del Prat. Más: Valdés e Iniesta mantuvieron al equipo vivo. Su fe aguantó al equipo de Rijkaard, que aquella noche cometió la tropelía de meter en el once a Edmilson y Van Bommel y dejar al 24 en el banco.
Pero el Barça no ganó por sus jugadores. Resistió con 0-1 en contra por su rebeldía y por un espíritu colectivo que estuvo también en Deco, Eto'o, Ronnie, Gio o Larsson. No quisieron perder y por eso no entraron las claras ocasiones de Ljunberg, Heb o Henry, que habrían sido definitivas en los 25 minutos más terroríficos desde el Auswitch de Atenas.
Uno compara hoy a aquel equipo gunner con el actual y constata que juega a lo mismo. Antes el vértigo era Henry en toda su exuberancia, ahora es una gran línea que recuerda a lo que El Maestro escribió de la Roma de Spalletti. Jugador por jugador, no hay duda que en 2006 el Arsenal era un rival temible, mientras que ahora, salvo Cesc y tal vez alguno de sus laterales, es poco más que un compendio de wannabes de segunda fila de los que en España suelen acabar en el Atleti y algún crack en ciernes a la espera de abandonar el barco.
Decíamos, en cualquier caso, que no fueron los jugadores lo que decidió aquella noche a tumba abierta que resolvió un contrabandista*. Fue la capacidad de sobrevivir, la voluntad de un equipo imperfecto y de una afición que desfallecía, iba al lavabo a remojarse y volvía ante la tele. Darwin nos salvó entonces pero esta vez será más difícil: los londinenses tienen de su lado esa arma formidable que es la sed de venganza.
*Lamento no dejarlo como attachment, son las cosas de los chicles Orbyt. Fue publicado en el último El callejón del ocho de 2006 con el título El año Juliano
Es en la última escena cuando la heroína rubia se enfrenta a su verdugo. Le derrota mediante la técnica de Los cinco puntos de presión para hacer explotar un corazón. Al malvado Bill sólo le queda dar unos pasos sobre el césped antes de caer muerto.
El guión iba a repetirse a las 22.18 horas del 17 de mayo a la vista de medio mundo. Una veintena de deportistas bregaban bajo la lluvia en un campo de fútbol al norte de Francia. Era el ocaso del choque cuando uno de ellos decidió buscar la gloria.
Recogió un rechace y metió un balón profundo a Larsson. Avanzó unos metros, con ese trote elástico tan suyo. Dudó. Repentinamente, su instinto le ordenó lanzar un desmarque por detrás de Ljunberg. Mientras aceleraba, vio cómo Larsson salía del área para devolverle el cuero con el interior del pie izquierdo. Una sucesión cósmica de frustraciones acababa de desencadenarse.
El rapidísimo Cole no alcanzó el balón por un maldito milímetro. Hincó la rodilla justo para ver cómo un futbolista con perfil de contrabandista se disponía a recibir en el corazón del área. Mientras el esférico rodaba, el lateral inglés no sospechaba que el nombre de Juliano Belletti estaba a punto de instalarse para siempre en su memoria.
Y eso que Belletti era sólo el gafe en un equipo de campeones.Si había que dar una hostia, ahí estaba él. Cuando insultaba al rival, le cazaban las cámaras. Un día en que superó a todos en un juego de puntería, aquello resultó ser un entrenamiento y nadie supo de su gesta. Y para colmo, en dos años en el Barça no había marcado ni un triste gol, con una sola excepción: batió a Valdés en la eliminatoria contra el Chelsea de la campaña 2004-2005.
El control se le fue largo. Fueron las cinco zancadas más importantes de su vida, tratando de mantener ángulo para chutar pese a la embestida de Flamini. Cuando llegó el disparo, el defensor se estiró al máximo. Los tacos de su bota izquierda presintieron el balón, conocieron su veneno, pero no alcanzaron a tocarlo.
Eran las 22.18 horas cuando la pelota impactó en el gemelo de Almunia -que se maldeciría la pantorrilla por siempre jamás- antes de besar la red. El juego más democrático del mundo acababa de llamar a Belletti, como haría después con Materazzi o Cannavaro, entre sus elegidos. Era el instante soñado de todos los niños culés: un gol que valía una Champions.
En la grada del Stade de France, el padre y el hijo del dos azulgrana le vieron cubrirse los ojos con ambas manos para llorar bajo el chubasco. Y Belletti, como el villano que inventó Tarantino, gozó de una muerte poética. Pudo dar uno, dos, y hasta tres pasos, antes de caer fulminado sobre el césped. Junto a él se tendió el mejor futbolista del mundo para susurrarle unas palabras milagrosas. «Te lo mereces, te lo mereces».
Tras la piña, acallados los llantos de sus compañeros, Belletti quedó solo ante la historia. Contra toda lógica, pudo levantarse y volver a andar.

sábado, 20 de febrero de 2010

'The unforgiven'

Never be
Never see
Won't see what might have been
The unforgiven, Metallica (1991)

Fútbol: dícese del deporte en que las dinámicas de un vestuario deciden títulos y el hambre y la ambición colectiva priman más que la calidad de los cracks. Van a cumplirse cuatro años desde que aquel equipazo fugaz de Riijkaard eliminara al gran Chelsea de Mourinho camino de la gloria. Tal vez podamos sacar conclusiones de observar, uno a uno, qué ha sido de los campeones que abandonaron aquel conjunto, que en su momento parecía invencible y que, no lo olvidemos, estaba lleno de gente joven. Vean al elenco de astros y asómbrense ante los prodigios del dao.

Jorquera. Titular en el Girona (2ª A). El presidente del club ha pedido a la afición que, por favor, deje de mofarse de él. Al inicio de temporada, se conformaban con silbarle, en las últimas jornadas han pasado a dedicarle aplausos irónicos.

Oleguer. Se marchó al Ajax, donde inicialmente fue titular. La paciencia de Van Basten duró hasta un partido en que sacó del campo a uno de los titulares de París a la media hora. Acabó el año jugando 26 partidos, muchos más de los que jugará éste, en que acumula la friolera de seis titularidades. Lo único que el club ha ganado desde su llegada ha sido un título de juveniles.
Van Bronckhorst. Uno de los pocos que se fue sin necesidad de encontrar una cabeza de caballo entre las sábanas. Es capitán del Feyenoord, donde ha ganado una Copa de los Países Bajos. Este año está cuarto a 18 puntos del líder y se conoce que nadie le da pases de tacón por encima de la cabeza (1' 18").
Edmilson. Fracasó a lo grande en el Villarreal, hizo lo propio en el Palmeiras y ahora exhibe su inconsistencia en Zaragoza, desde aquí, lo mejor para los maños. Pero no teman por él, es un gran lector de biblias.
Sylvinho. Aguantó en el Barça para colaborar a crear el mejor equipo de siempre. Suplente habitual en el Manchester City.
Belletti. El Dios de París lleva un buen año con Ancelotti en el Chelsea. Ha jugado 21 partidos, su equipo es líder y sigue dando miedo en Europa. No consta que su señora haya caído en garras de nuestro buen amigo Terry.
Motta. Tras atracar al Atleti y quedarse sin equipo ha resucitado en Italia. Brilló en el Genoa y es un fijo de Mourinho, equipo que sigue vivo en las tres grandes competiciones. Habrá que estar atentos a cuánto tiempo aguanta su fútbol con Ronaldinho en su ciudad.
Gabri. Acumula tres partidos como titular este año, qué barbaridad. Suponemos que su correr de pollo sin cabeza ha contribuido al declive del Ajax.
Van Bommel. Un profesional que comprendió que en el Camp Nou no funcionaba su fútbol paleolítico y pidió largarse. Es el líder espiritual y el capitán de un Bayern de Munich que va a más y donde ha ganado un par de títulos. Esta temporada lleva 27 titularidades y la bonita cifra de ocho amarillas.
Deco. Uno de los líderes de la nueva máquina infernal de Abramovich. Es titular y nada hace pensar que piense refundar el clan de la caiprinha en el bienestante barrio de Chelsea.
Larsson. Jugó y siguió goleando en el United, desde entonces se ha retirado una docena de veces. Uno puede deducir que ha tenido hermosas trifulcas conyugales, pues era su mujer quien le pedía que volviera de una santa vez a Suecia a comportarse como un anciano venerable.
Ezquerro. Es la estrella de su equipo. Antes sufrió la humillación de fracasar en Osasuna y quedarse sin club.
Maxi. No olviden jamás que el cheerleader que vino para animar las celebraciones de los títulos costó lo mismo que pedían Tottenham y Udinese por Kanouté y Iaquinta. El sinvergüenza que dio una noche de felicidad está protagonizando un prolongado descenso a los infiernos: Mallorca (cuatro goles en 15 partidos), después el FC Moscú (donde jugó un partido, hola qué tal), viaje de placer al Gremio de Porto Alegre -se le criticó por estar fuera de forma y el equipo quedó lejos de la cima- y recientemente el Catania, donde ha marcado un gol en tres partidos.
Eto'o. La cabra pirómana ha logrado en el Inter el sueño de su vida: ser el que más cobra en un grande. Lleva nueve goles y parece que no encaja bien la eclosión de Pandev ni la lupa de Mourinho. ¡Mucho ojo! ¡En Italia hay hasta siete municipios que responden al nombre de Villafranca!
Giuly. Un cabrón sin corazón dijo una vez que cuando le veía correr se acordaba de su perro. El entrañable Ludovic se fue como un profesional y dejando dinero en el Camp Nou. Ni en Roma ni en París le han dado asistencias con la espalda, pero ha seguido en su línea de regularidad y marcando sus golitos y ha sumado otros dos títulos.
Ronaldinho. No ha ganado nada desde que lo fichó el Milan a precio de crack. El pasado año dormitó y éste parece que quiere jugar el Mundial. Es líder de su equipo en goles y asistencias.
PD. Perdonen la diatriba. Ver a este Barça golear galvaniza los dedos y atrae las musas.

martes, 29 de diciembre de 2009

El año que lo cambió todo

El Barça de las seis copas: el pepino de Iniesta, la brutal profanación del Bernabéu, la masacre del Athletic en la final de Copa y de nuevo en la Supercopa, el vuelo de Messi en Roma, ese milagro llamado Pedro, la fanática remontada de Abu Dhabi. La historia del fútbol ha escrito uno de sus capítulos más gruesos este año de la mano de Guardiola y una generación de cracks posiblemente irrepetible, tanto que cuesta pasar balance y elegir un solo momento en este año increíble.
Estos doce meses, afortunadamente para el barcelonismo, llegan más allá de las estadísticas, los palmarés y los libros de récords. Alcanzan a la esencia misma del escudo azulgrana, ese pedazo de tela en las camisetas que resumía el derrotismo, las luchas cainitas, la resignación de décadas. Generaciones de culés crecieron envidiando el gen ganador del Madrí, que Camacho explicó sabiamente en cierta ocasión: “Cuando perdíamos, era como si nos hubieran robado algo”.
Este Barça, como continuador del de Cruyff, y el de Robson y Van Gaal, y del de Rijkaard, será un faro para los nuevos talentos de La Masia que suban al primer equipo y para los fichajes exóticos que lleguen en el futuro a Aristides Mallol. La era de los Rexachs, en que era posible ser el emblema de un equipo sin ganar nada en lustros con la puta excusa de los árbitros, ya es pasado. La referencia son Valdés, Xavi, Iniesta, coleccionistas de Champions. El tiempo de los mercenarios como el Cruyff jugador o Schuster también terminó: la excelencia y el arte ya no valen si no vienen acompañadas de títulos, gloria a Eto’o en el recuerdo, que ganó, ganó y ganó.
Pero sobre todo, se acabó aquel conformismo, aquel pensar en las temporadas que están por venir, en los mercados de fichajes redentores. Ahora son los jugadores azulgrana quienes sentirán que les han robado algo cuando no ganan. ¿Qué ha sido del miedo? Entrevista a Casillas hace dos semanas: “Si es para perder contra el Barça, prefiero que nos eliminen antes de la final del Bernabéu”.
Recordemos el 2009, el año que lo cambió todo.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Medio siglo para 90 minutos

La primera Copa Intercontinental se disputó en 1960, y desde entonces ese título se ha mantenido como el único del mundo que se resiste a entrar en las vitrinas del Camp Nou. Ganar este mundial de clubes acreditaría oficialmente lo que tanto se repite en la prensa de Barcelona: que el Barça es el mejor equipo del mundo.
Mañana es un día grande; todo o nada a 90 minutos y con un rival a la altura del dramatismo de la cita. Les dejo con un clásico que nos ha recordado esta mañana los tiempos en que la palabra "Estudiantes" producía escalofríos: http://www.sport.es/default.asp?idpublicacio_PK=44&idioma=CAS&idnoticia_PK=671346&idseccio_PK=1123&h=
Mañana es un día grande para el fútbol; puede convertirse también un momento inolvidable si el Barça supera el trauma que le ha acompañado durante media vida.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

El 'crack' fundador

El más grande en 110 años de historia. El hombre que hizo inevitable la construcción del Camp Nou y que el Barça tuviera un estadio del tamaño de sus sueños. El crack que escondía tan bien el balón que aún hoy nos parece normal que un delantero azulgrana reciba dentro del área entre cinco tíos y aguante la posesión antes de dar una asistencia de tacón. El delantero devastador que consiguió que ya no nos sorprenda que tengamos jugadores que marcan cuando les da la gana y pueden salir aplaudidos de cualquier estadio. Todo eso es Kubala, a quien hoy se le dedica una estatua en el Estadi.
Esta Caverna tiene la suerte de tener lectores que le vieron jugar en directo. "Recuerdo que en Sarrià te podías sentar en el córner, a pie de césped, apoyado en una pared de cemento. Desde ahí, alargabas la mano y tocabas a los jugadores, oías su respiración, sus gritos en las faltas", me cuenta este culé ilustre, a quien aún se le nota la emoción de aquel día.
Eran otros tiempos: la presentación del equipo se hacía el día de Navidad en matinales contra equipos formados por las tripulaciones de barcos ingleses que hubiera atracados en el puerto. Un tiempo en que no era raro ver al gran Laszi tendido en el segundo tiempo a causa de las rampas, o andando los últimos minutos: la preparación física no existía entonces y no había sustituciones.
"Recuerdo esos cuixots que tenía, era muy ancho de cadera, si hubiera querido, habría sido capaz de no perder la pelota en los 90 minutos. Fue comparable a Di Stéfano, pero tenía menos inteligencia sobre el césped", me explican. A Kubala se le recuerdan también sus malabarismos, su disparo tremendo. "Fue quien tiró del club hacia arriba; el Barça se hizo grande en tiempos de él".
Un jugador de leyenda, puede que el primer gran ídolo de masas barcelonistas, tan bueno y con unos ojos tan azules que se le perdonó que se fuera al Espanyol. Amó tanto al Barça que nadie le importó mirar a otro lado cuando se hablaba de los excesos del gran Kubala, de sus noches golfas junto a otros compañeros de delantera en locales que ya no existen. Fue tan asombrosamente bueno, que nadie creyó una palabra cuando se habló de un atropello mortal en a Diagonal a altas horas en que el conductor era él, el gran dorsal número ocho.
Uno no puede imaginar un homenaje más grande que el de tener una estatua en el gran templo del fútbol. La suya es bien merecida: cuando la admire, el barcelonismo debería recordar a aquellos barcelonistas que aprendieron a creer que toda era posible con él, a los niños que lloraban si le expulsaban tras una tángana en el campo del Espanyol, a los que recuerdan que el Barça no fue siempre tan grande y universal. Habría que recordar a los que medio siglo después guardan aún en su casa una fotografía dedicada, recuerdo del primer crack.

lunes, 13 de julio de 2009

Contra la modernidad

Hay por ahí meapilas panfletarios que sostienen que fútbol y política no pueden mezclarse. Llegan tarde: el fútbol lleva décadas siendo política. Uno de los primeros en darse cuenta de ello fue Mussolini, que hizo todas las trampas habidas y por haber -incluyendo amenazas de muerte, compra de partidos o nacionalizaciones irregulares, como la de Luis Monti, el mozo de la imagen- para dar a Italia sus dos primeros Mundiales.
La fuerza pública del fútbol no ha hecho otra cosa que crecer desde los lejanos años 20 y 30, con lo que mantenerlo alejado de la política se ha convertido en absurdo. Hay que asumirlo y posicionarse. Y desde aquí, esta caverna se proclama ultraconservadora.
Antes de perder a mis tres lectores, me gustaría explicarme. Por ultraconservador quiero decir que rechazo las novedades en un deporte en que está todo inventado desde Di Stéfano: ganan los buenos, los que más lo quieren; y para ello vale casi todo. A pesar de eso, la plaga del marketing lleva unos años tratando de convertir este deporte sencillo y de barrio en un producto capaz de atraer a las sofisticadas damas de Park Avenue, Manhattan, Nueva York, muy lejos del mundo real.
En los últimos tiempos hemos sufrido errores lamentables como el Gol de Oro o aberraciones como el Gol de Plata. (Por cierto, la UEFA llegó a estudiar algo aún más pintoresco: tras los 90 minutos se chutaban penaltis y después venía una prórroga en que el empate bastaba al equipo que había ganado la tanda; de haber sido aprobado se habría llamado, sin duda, Gol de Detritus). También por eso se ha convertido la Copa de Europa en una competición que sólo es tal en su segunda mitad, ha desaparecido la entrañable Recopa y ahora la UEFA se convertirá en un horror aún peor que el que ya teníamos. Y qué decir de la Copa Confederaciones, o de la Intertoto.
Estas frivolidades también han acabado por llegar a los clubes. NAP Laporta (léase Nuestro Adiposo Presidente) presentó este año una canción versionando Boig per tu que sirve para animar al Camp Nou o para justificar el sueldo de las cabecitas pensantes que trabajan en ese club y que desconocen quién fue Duckadam. Sencillamente horripilante. Núñez fichó a Blanc para tener audiencia en Francia. El Espanyol trae a Nakamura y se le llena el campo de japoneses.
Qué pena, que diría el poeta de las ondas. Esto es mucho más fácil: dos camisetas hacen una portería y un balón hace el resto. Quien quiera otra cosa, que ensaye las virtudes del feng shui en los bonsais, una práctica que arrasa en Park Avenue.

sábado, 30 de mayo de 2009

Una nueva era

La fiesta de la Champions en el Camp Nou fue una borrachera de sentimientos. La felicidad de tocar lo imposible y gritarlo al mundo; el horror de añorar a este equipo de póster hasta agosto. Los protagonistas, una ciudad que se sintió Iniesta y Messi. Una legión de futbolistas frustrados que aclamó a sus cracks. Como dijo Villoro, "conviene recordar a los jugadores de sombra, los que se quedaron en el camino, con los huesos o los nervios rotos (...). Ellos, los nunca vistos, fueron tan necesarios como las líneas blancas que separan las letras en los libros".
Pero la fiesta, el hito de los tres títulos, la tercera Copa de Europa, fue sobre todo la celebración por haber cambiado la historia del Barça. El Camp Nou celebraba que su equipo ha arrancado para siempre el miedo, ese cáncer que nos ha acompañado desde que el fútbol es fútbol. El club ya es otro. Les hablaré de nuevo de Fernando Collado, medio siglo de barcelonismo sufridor. "¿Qué quieres que le haga? Es lo que he vivido", acertó a decir, para explicar su miedo al Athletic en la final de Copa. En Roma, bajo el sol, mientras esperaba la hora del partido, ya no era el mismo. "Ganamos seguro: tengo delante a Rooney y está borracho como una cuba", decía, con la misma certeza con que Obdulio Varela vaticinó el Maracanazo: "Esos son japoneses, y a los japoneses se les gana siempre".
Que un culé hable como un uruguayo es un éxito de generaciones. "¿Cómo pudimos, toda una sociedad, vivir en compañía del miedo como si fuera normal? ¿Cómo pudimos, como país, vivir diciendo: 'por algo será, o en algo andará'", se preguntaba Andrew Graham Yool en Memoria del miedo. La respuesta es compleja. Pero ya nunca se repetirá. El Barça ya no es la tarde maldita de Berna. No es Rexach, ni Pedraza y su pánico a perder la final de Sevilla. Esa fue otra era, ya enterrada. Porque ya tenemos tres: Cruyff dio el golpe de timón, con Rijkaard supimos que Wembley no fue un sueño. Roma fue otra cosa: ganamos con grandeza, con superioridad. Ya son tres, el Inter y la Juve quedan atrás, y sólo miramos adelante.
Este flamante Barça ya espera la próxima final de Champions, que se juega en el Bernabéu. El Barça es Xavi, que este año explicó por qué somos otros: "Nuestra mentalidad es entrar en el campo y agredir al contrario, futbolísticamente hablando". Es Piqué sobre el autobús: un adolescente, un inconsciente, un ganador. Eso es el Barça, para siempre. Y Messi borracho de gloria: "El año que viene vamos a seguir, y vamos a ganar todo y vamos a festejar todo, otra vez". El estadi se sintió conmovido de oírle, de creerle y mirar al futuro, por fin, sin miedo, sin rencor de décadas.
Mientras sonaba el Viva la vida y veía sonreír a sus héroes, el Camp Nou comprendió que el tiempo de sufrir se acabó. La nueva era es la de cantarle al mundo la felicidad de ser azulgrana.

domingo, 24 de mayo de 2009

Troya: 2009

Capítulo 2: Jugar para morir

22.18 horas del 17 de mayo de 2006. Un lateral de trote elástico y perfil de contrabandista avanza por la derecha. Ve un hueco y de golpe se encuentra ante el momento más trascendental de su existencia. Da cinco zancadas y chuta bajo la lluvia. Flamini no llega, Almunia tampoco. Desde la grada del Stade de France de París, el padre y el hijo de Belletti le ven cubrirse los ojos con ambas manos para llorar, desconsolado, bajo el chubasco. Da uno, dos, tres pasos, se arrodilla y cae fulminado. En ese momento irrepetible, el Barça lloraba por su segunda Champions; y el fútbol comenzaba a despedir al equipo azulgrana, uno de los más brillantes en lustros.

La muerte de aquel equipo llegó en su mejor momento. Un hecho que nada tuvo de novedoso: durante el primer milenio después de Cristo, los mayas se aficionaron a un simpático juego. Los equipos estaban formados por los mejores representantes de cada pueblo. El balón era de hule, y los sacerdotes, que ejercían de árbitros, vigilaban que nadie lo tocara con la mano. El juego era considerado una ceremonia esencialmente religiosa y los equipos jugaban con furia y pasión por la gloria que esperaba al ganador: la decapitación inmediata de todos sus integrantes.

Bajo la lluvia de París, poco imaginaban Ronaldinho, Deco y compañía su suerte. Como Prometeo, abrazaron la inmortalidad, pero la tradición no les iba a perdonar. El campeón, el equipo más grande del mundo, perdió aquella misma noche las ganas de luchar. En la noche en que firmaron su ascenso a los altares, sellaron también su muerte. A cambio lograron la felicidad de todo un pueblo.