Mostrando entradas con la etiqueta Abidal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Abidal. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de mayo de 2013

Crucify your mind




Soon you know I'll leave you
And I'll never look behind 
'Cos I was born for the purpose
That crucifies your mind

Crucify your mind. Rodríguez


Abidal es un mito al que admiraríamos si hubiera sido un alero fajador de los Warriors. Abidal es un mito al que querríamos si fuera un remero sin rostro de la barca de Oxford. A Abidal le querríamos aunque jugara en la selección de Pakistán a ese horror llamado cricket.

Le querríamos porque superó un cáncer y un transplante de hígado. 

Ocurre que Abidal era del Barça. Y miren, hemos tenido muchos cabestros en la defensa, y muchos fueras de serie en el centro del campo, y muchos cracks mundiales en la delantera, pero nunca tuvimos a uno como él.  Hacía piña, reía, recordaba que estuvo cerca de ser pintor de brocha gorda. Cerraba como nadie la defensa, la sacaba hasta con la cabeza, tiroteaba el Averno, se reía. Y sí, puede que no haya quedado claro: jugó durante meses esperando el hígado que pudiera salvarle la vida. 

Abidal será para siempre una pieza clave del mejor Barça de la historia porque era en el campo el defensa más rápido y en el vestuario el más sonriente. Abidal, que podría haber sido un alero defensivo de los Warriors, fondo de armario en la selección de Pakistán o el menos forzudo de la puta barquita de Oxford, jugó en el Barça. Dicen que hasta alzó una Champions.

Todo eso ocurría en un Barça que lucía Unicef en el pecho y donde mandaba el fútbol; en un Barça que a veces caía en el bledismo de los valors pero que nos era reconocible.

Abidal es hoy víctima, como nosotros, de un club distinto. De un club que mandó a Unicef a lamer culo, que consigue indignar a sus capitanes, que planta a Qatar Airways en la zamarra, que se dejaba asesorar por Fusté, Rexach y Migueli, pretendidos todos por la NASA. Un club que nos habla de tóners. 

Abidal se recuperó heroicamente de su transplante pensando en volver, en pisar el césped, en cerrar espacios para defender al portero y sacar limpio el balón. Abidal no supo -ninguno supimos- que el club había cambiado. La junta le devoró también a él. A ningún directivo debía interesarle el fútbol: discutían sobre los invitados al palco y se codeaban con las elites. Ninguno se paró a pensar en por qué somos del Barça. Ninguno entiende que en un remoto rincón del alma guardamos un cierto orgullo de estos colores, ninguno comprende que en algún lugar de la retina este juego de niños nos hace felices. Es una directiva con otro propósito, otra razón de ser, y que vuelen esos canapés.

Asuman que nuestro equipo ha cambiado; ya nada puede darse por hecho, nada en absoluto. Tampoco lo más sagrado, lo inconcebible. Cuando les digan que "es que no somos una ONG", asientan con la cabeza. Desde luego no lo somos. Somos, sencillamente, el club que echó a un mito llamado Eric Abidal.

Shame on us.

domingo, 31 de marzo de 2013

Lágrimas negras



Permitan que nos preparemos para uno de los momentos más importantes de la historia reciente del barcelonismo. Y permitan que me adelante: repasando a vuelapluma nuestros últimos 70 años, podemos llegar a convenir que hay por lo menos 11 tipos distintos de lágrimas culés:

-Lágrimas Ramallets. La tragedia de Berna no pudo ser más cruel con aquel portero enorme. El trauma de aquel error le acompañó durante décadas. De hecho, hasta hace muy poco tiempo, aún aprovechaba las llamadas de los periodistas para culpar de la derrota más dolorosa de la historia del club al entrenador de aquel naufragio, Enrique Orizaola. Las lágrimas de Ramallets son unas lágrimas de rabia ante el infortunio. Para entenderlas basta con decir que el hombre que las lloró por primera vez acabaría perdiendo la vista.

-Lágrimas Kubala. Elijan momento: cuando se fue al Espanyol, cuando dejó el fútbol, cuando marcó aquel penalti en su gélido homenaje en el Lluís Companys, cuando falleció, cuando se descubrió su estatua en el Camp Nou. Son lágrimas de reconocimiento al hombre que nos convirtió en un club enorme, lágrimas fundacionales.

-Lágrimas setenteras. De carácter adolescente, eran las lágrimas que lloraba el barcelonismo durante los 60, los 70 y los 80 cuando un año tras otro veían que Rexach o Migueli habían vuelto a no ganar la Liga. Se clamaba contra el árbitro o el régimen y alguien, a continuación, hacía ver que se secaba un ojo.

-Lágrimas sevillanas. Esa tanda de penaltis marca un hito en la producción lacrimal del pueblo culé. Muy pocos llegaron a ver con precisión la estampa de Urruti vencido: no usaban parabrisas.

-Lágrimas griegas. Desailly marca el cuarto y al rato Cruyff desmantela el equipo que nos hizo triunfar. Era ley de vida, pero aquel día muchos supieron que también la felicidad futbolera se acaba. Cada vez que un gran equipo queda enterrado, el mundo huele a Atenas.

-Lágrimas nuñistas. Las lágrimas nuñistas tienen para el barcelonismo algo de mayoría de edad. Las vertíamos, de pura risa, al recordar la delirante producción verbal del pecident, al recordar las miserias pasadas. Estas lágrimas recuerdan que también el pueblo azulgrana tiene sentido del humor, aunque últimamente, si se acompañan de una breve reflexión, tienden a quedar congeladas.

-Lágrimas Belletti. Almunia se la come, el héroe cae fulminado y un segundo después recordamos que éramos un equipo grande, que lo de Koeman no fue un espejismo. Lágrimas de orgullo culé.

-Lágrimas blanquiazules. Tamudo nos acaba de ejecutar en pleno Camp Nou. Algunos no pueden regresar ahí con la memoria, pero fueron lágrimas de genuino dolor.

-Lágrimas Ronaldinho. Él nunca nos hizo llorar. Pero en ese homenaje del Camp Nou, esa sencilla inscripción fue demasiado. Fue como releer la carta de amor que recibimos aquella primera vez. Un llanto de felicidad y de añoranza. Un "aún te quiero" que ya nadie oye.

-Protolágrimas. Algún día Messi jugará su último partido en nuestro estadio. Creemos, infelices, que estas lágrimas premonitorias nos ahorrarán algún dolor.

-Lágrimas negras. No se podrá explicar sin que la historia suene a cuento chino para niños insomnes. Pero un día, en nuestro equipo, jugó un héroe llamado Abidal. La primera vez volvió para alzar la Champions. La segunda... Háganse con un parabrisas, por Dios.

viernes, 5 de octubre de 2012

Luxación cerebral



¡Oh, hermanos cavernarios, qué cosa hermosa el sentirse unidos por la rabia y la ira! En la semana en que teníamos que ganar un título, volvemos a vernos lastrados por esa maldición llamada Defensa Infame de Tíos Que No Son Defensas y Que Jamás Debieron Pretender Serlo.

Se ha dicho estos días sobre que Puyol no tenía que haber ido así a ese córner, con 0-2 y el partido cerrado. Tal vez. Ya saben que aquí creemos que el capitán de este equipo es en gran parte un producto publicitario de los diarios deportivos de la ciudad, pero admitamos que sólo sabe jugar así. Con todas sus limitaciones, el pasado año fue de largo el mejor defensor del equipo. Pero ocurre que últimamente está más tiempo en la camilla que en el campo. La dimisión de Piqué, la enfermedad de Abidal y la farsa ininterrumpida de los centrales que vienen del Barça B hicieron que Mascherano, primero, y Song, después, hayan tenido que ponerse ahí. Si damos por buena la absurda teoría de que cualquiera puede hacerlo, probemos a Tello, a ver si a él Negredo le gana un balón largo.

Asombra que el pasado verano, viniendo del año de calamidades defensivas de las que veníamos, se invirtieran 35 millones en dos jugadores y no llegara ningún central. Zubizarreta y Tito deberían responder por ello, en lugar de maldecir las lesiones. Resulta que en los últimos 16 meses, La Plasticidad Encarnada ha estado de baja 226 días, con hasta tres lesiones de rodilla. Que nadie se haga ahora el sorprendido, y por favor, que alguien deje de incurrir en el pornográfico rito de repetir aquello de que "Puyol acorta los plazos de su recuperación". Puyol es un señor muy comprometido y muy necesario para el equipo, pero tiene 34 años y ningún sustituto decente.

Y pensaba en esto porque ocurre que en un lugar exótico llamado Valdebebas hay un montón de mercenarios aficionados a las altas velocidades que tendrían la moral por los suelos de no ser por las fotos de Mascherano y Song, que cuelgan de las paredes del vestuario y que a buen seguro besan antes de cada entrenamiento. Habrá entre ustedes quien crea que Piqué volverá a ser el que fue. Quién sabe. Pero sospecho que no es ése el milagro con el que Tito y Zubi contaron. Su milagro es negro. Su milagro es un señor del que hablaremos dentro de 200 años. Lucía el 22 a la espalda y un día marcó en el Averno. Ha sobrevivido a todo lo imaginable. Y sólo él puede impedir que dentro de tres meses haya muchedumbres de culés en huelga de hambre ante las oficinas del club pidiendo dimisiones y clamando contra una maldita luxación cerebral.

viernes, 16 de marzo de 2012

Como si no hubiera mañana




El sorteo, una puta mierda. Había un chollo y les ha caído a los Quincazos. Daba pereza volver a ver al Milan y ahí está. Horroriza encontrarse en el cuadro a la metalurgia del Chelsea, pues ahí la tienen. Y era mejor enfrentarse a La Banda a dos partidos que a uno para minimizar el peso del azar; pues tampoco.


Pero llorar sería absurdo. Aquí les proponemos otra cosa. Miren esto. Olviden el talento sobrehumano del pasador, la ejecución perfecta del goleador. Vean esa celebración. Lengua fuera, carrerita de espaldas. Dosis de kalashnikov para el Cuernabéu. Abrazos y besos. Y un bailecito sensual. Si le llegan a poner un micro en la boca, el bueno de Eric les habría cantado enterita Viva la vida, habría rezado, nos habría lanzado a la cara verdades como puños. Uno lo ve una y otra vez y no puede evitar preguntarse si este superhéroe negro sabía en ese preciso instante que podía estar celebrando su último gol.


Ese pobre hígado le recuerda al barcelonismo que los títulos no son lo más importante, una idea letal a la hora de competir. Resulta muy difícil creer que el vestuario vaya a poder transformar este shock en estímulo para ganar; es muy improbable que tras la operación del año pasado o el trance de Tito Vilanova puedan seguir centrados. No hace tanto, tras la trágica muerte de Puerta, el Sevilla demostró que las borracheras emocionales no son buenas compañeras de viaje en la alta competición. Y la depresión azulgrana durante el secuestro de Quini remite a lo mismo.


Pero este drama también servirá para que los jugadores recuerden que nunca se sabe cuál puede ser tu último partido. Para que se centren sólo en el juego, en el placer de la pelota, ajenos a cuadros, posibilidades, especulaciones y futuros remotos. Que jueguen como niños. Que celebren con pasión, como si no hubiera mañana. Sólo así podrían llegar a Munich. Si lo logran, que Dios se apiade del rival.

lunes, 13 de junio de 2011

Las notas (I). Abi y sus chavales.

"Con el cáncer existe una doble relación: por una parte es una enfermedad corporal, de la cual probablemente muera en un futuro no muy lejano, pero que quizá pueda llegar a superar y a sobrevivir; por la otra, el cáncer es una enfermedad del alma de la que sólo puedo decir: es una suerte que finalmente haya hecho eclosión".
Fritz Zorn, Bajo el signo de Marte.
Permítanme, un año más, que les aburra con los elogios a esta defensa asombrosa que ha mostrado el Barça. Números en mano, es ahí donde ha marcado distancias contra la apisonadora de los Quincazos Portugueses. Entre Valdés, Pinto y Rubén han encajado sólo 39 goles en 63 partidos, una locura. Pero maticemos:
Valdés. 9'5. Indiscutido. ¿Qué mejor podemos decir de un portero del Barça? No ha hecho grandes intervenciones en los partidos clave de la temporada, pero a cambio, ha sido fundamental para ganar la Liga a falta de tres jornadas. Sus paradas en el mano a mano en partidos contra rivales de Serie B han sido básicas. Y nos encanta cómo asume su papel de capitán: si hay que dar una hostia, pues se da. Y todo a pesar de que su entente con Busi padre, según parece, no ha sido la mejor.
Pinto. 8. Superfans. Ya nos molaba por su trenza, su dentadura y su pasado en el Puerto de Santa María. Ahora, encima, es buen portero, sólo la caga contra su Betis y además se hace íntimo amigo de la Bestia Parda. Nos queda una duda: ¿habría parado Valdés el cabezazo de CR Ceja en la final de Copa?
Alves. 9'5. Superstar. Lo del gremlin no es normal. Casi perfecto en defensa, con pocos fallos y la agresividad de siempre. Ha superado por segundo año consecutivo a Xavi e Iniesta en asistencias. Un único pero: tuvo un par de ocasiones ante de Van der Saar que habrían convertido el 3-1 en una goleada histórica.
Piqué. 9,5. Piquetón. Debería estar prohibido ser tan bueno, tan chulo y tan sobrado en los partidos clave. El cuerpo técnico le ha señalado como clave en los títulos y aquí le señalamos como posmoderno del año. Protagonizó uno de los momentos terroríficos del año con este titular.
Mascherano (I). 9. Jefesito. Qué tío, el hombre que frustró a Bendtner tuvo la hombría de jugar semifinales y final de Champions y la final de Copa de central. Decirles que mide 1,71. Que ganó todos los balones aéreos incluso contra moles como el hijo del cuidador de elefantes. Asombroso.
Puyol. 8. Roto. Le recordamos menos tragedias que en otras temporadas, menos escenas Pantene, menos dramas. En definitiva, le recordamos menos, lo cual no puede ser sino positivo. Le ha ayudado una lesión y, ¿quién sabe?, a lo mejor es que finalmente ha aprendido a copiar al guaperas que le acompaña. A servidora, que no simpatiza con el Mític i Agoniós Capità, le conmovió su gesto con Abidal en la final de la Champions, tanto como para perdonarle la ordinariez de enrollarse con una petarda digna de Sergio Ramos.
Milito. 4. ¿Qué mierda es ésta? El bueno de Milito estuvo enorme cuando el Barça de Rijkaard se hundía. Se lesionó cuando recién comenzaba la orgía y ya ven que en el quirófano nos lo cambiaron por un tío de Regional. Pudo irse en enero, pero lo hará ahora. Esperemos que la Bestia Parda le eche de menos tanto como Valdés.
Abidal. 9,5. Inmortal. Si de Krankl y de su señora aún se habla, esperemos que de nuestro francés atómico oigan hablar in eternum en el Camp Nou. Se pasó el año siendo el mejor de la defensa, con proezas como ésta, con su primer golito,¡cómo le queríamos!. Y de pronto, enferma, pilla un tumor, enrabieta aún más a un equipo que ya era terrible de por sí, vuelve a los dos meses y levanta la Champions. Zorn tenía razón.
Maxwell. 6. Bizco. Como lo oyen. Pasé el año defendiendo sus virtudes y con la fiesta de la Champions, con los fuegos artificiales, descubro que es bizco. El hallazgo me convenció de que poco me he fijado en él y, en fin, tan bueno no será cuando el Barça busca a gente dudosa como el tal José Ángel para cubrir una posición en la que tiene a tres especialistas.
Adriano. 6,5. Correoso. No es malo: no mata ni viola, que decía el poeta. Acabó siendo titular a base de mucho esfuerzo, mucha disciplina y mucho luchar contra una dura realidad: en un equipo de megacracks, ha tenido la desvergüenza de mandar fuera de banda sus chutes a puerta un mínimo de cuatro veces. Es de suponer que seguirá.
Los ni-nis. 4. Ausentes. Nos venden durante dos temporadas que viene una generación asombrosa de defensas, con Bartra, Fontàs, Montoya -ojo, rima con chirimoya-, Muniesa y Sergio Gómez y acabamos saliendo al Bernabéu con un central jibarizado y un exlateral lesionado. Dicen que de verdad cuentan: habrá que ver si el club es consecuente y ficha sólo de medio del campo para arriba.

lunes, 21 de marzo de 2011

El tumor (II)

Asumamos que el tumor más famoso del planeta es algo más que un problema de salud. A nivel deportivo, es una amenaza para un Barça que arrasaba en todos los frentes y que en el momento clave de la temporada, cuando debía ratificar su candidatura a mejor equipo de todos los tiempos, se ha quedado cojo.
Hay varias lecturas que pueden hacerse del asunto. La primera es que, efectivamente, éste no es un equipo perfecto. No puede serlo un equipo donde Milito ya no cuenta y se prefiere en el eje de la defensa a un medio centro. No puede serlo un equipo donde presidente y entrenador chocaron a cuenta de Chigrinsky. Pero aun imperfecto, este equipo puede ganar. Se tratará de ser un poco mejor que cada uno de sus rivales, de aplicar la doctrina Getafe. Seguramente Valdés tendrá más trabajo y seguramente se encajarán más goles con las ausencias de Abi y de nuestro glorioso y leonino capità. Y a este respecto habrá que comprobar si los defensas del filial son algo más que una notable campaña de publicidad de los amigos de Airfutbol.
Pero lo cierto es que vale lo mismo ganar de cinco que de uno y a eso tiene que ponerse el Barça. Tal vez el aspecto clave sea el psicológico. Ahora hace 30 años Quini fue víctima de un secuestro chapucero que sólo logró el derrumbe del Barça en el tramo final de la Liga. La depresión y el pánico de aquel conjunto remoto deben servir de ejemplo de dónde no hay que caer. Pero del mismo modo, y aunque Xavi se apresure a asegurar que con la desgracia de Abidal el equipo estará “más unido”, también hay que rehuir otro enemigo: la sobreexcitación emocional. Algo de ello sabe el Sevilla, que tras la muerte de Puerta se sumió en un bucle fúnebre y flamenco del que a penas salió el pasado año.
Al gol, con o sin tumor, se sigue llegando como siempre: pase a pase, con la paciencia e instinto asesino que ha patentado este equipo. Y por cierto, sonrían: es primavera y luce el sol.

martes, 15 de marzo de 2011

El tumor (I)

Abidal lleva la cabeza rapada. Abidal es el mejor defensa del Barça este año. Abidal quiere irse porque no se entiende con Guardiola. Abidal se hace querer. Abidal tiene vocación de lampista. Abidal quiere marcar en el Bernabéu. Abidal es un negro que se muere de la risa. Abidal escucha a su padre. Abidal se preocupa de que sus hijas no cojan frío en la celebración de la Liga. Abidal es musulmán. Abidal marca un gol en tres temporadas. Abidal tiene un tumor en el hígado. Etc.
Mucho podemos decir sobre nuestro titán francés. Casi todo bueno. Ayer dio lugar a una noticia de esas que sirven para recordar que el fútbol es una cosa muy seria. Es algo más que una metáfora de la vida, es la vida en sí misma llevada a su máxima simplicidad. En este deporte caben los árbitros, los calendarios, las calumnias, la desfachatez, la inquina. Pero en esencia, el fútbol es una cuestión de nacer, crecer, morir o matar, celebrar.
El tumor de Abidal deja en evidencia las infamias que genera el Florentinato, esa manera tóxica de entender el mundo. El tumor de Abidal pertenece al espacio donde se desarrolla el auténtico fútbol, el de los terrenos de juego, donde hay que saber sufrir. El tumor de Abidal radica justo en la acción antológica protagonizada anoche por Muller y Ranocchia sobre la línea de gol. El tumor de Abidal nos habla de la voluntad, de la competición, de la pasión.
Es probable que Abidal supere este mal. En caso contrario, nadie podrá negar que vivió su vida y dejó algunas lecciones.