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domingo, 23 de mayo de 2010

El Hombre Moreno

"Me obligué a no sacar conclusiones. Sabía que el motivo de mi rechazo era, en parte, estético. Los asesinos en serie me aburrían e irritaban. Constituían una rareza estadística en la vida real".
Mis rincones oscuros
Permítanme que les hable de James Ellroy, uno de los grandes de novela negra de nuestros días, autor de LA Confidencial o La Dalia Negra. Su obsesión con el mundo del crimen nació cuando tenía 10 años y fue encontrado en plena calle de Los Ángeles el cuerpo muerto y semidesnudo de Jean Ellroy, su madre.
Aquel homicidio fue uno de esos casos que se convierte en un rompecabezas demencial para la policía. Tras meses de frustrante investigación, el caso se cerró sin ningún sospechoso firme más que un hombre de origen "italiano, griego o mexicano", según los testigos, de quien nada se sabía. Llegó a hacerse un retrato robot del asesino, pero de nada sirvió: 40 años después, Ellroy hijo reabrió la investigación junto a un sheriff de Homicidios y convirtió en libro su búsqueda. Mis rincones oscuros es una obra recorrida por el afán de saber de un huérfano roto por una ausencia de décadas y presidida por la figura poderosa de un asesino ausente a quien Ellroy denominó El Hombre Moreno.
El fútbol es un espacio social que da cobijo a todo tipo de especímenes: vividores, currantes, artistas, dipsómanos, obsesos y, por supuesto, asesinos. De esta última especie es Villa. Nació para matar, que en fútbol no es otra cosa que vencer porteros. Con su mirada de niño vengativo y sus ancestros mineros, ¿qué otra cosa podía esperarse? Lo suyo es el gol y la muerte. Con los años ha perfeccionado su técnica asesina. Golea en partidos clave desde lejos. Golea instantes después de fallar un penalti. Golea como un artista en el nido del mal (3' 08").
Ellroy saca algunas conclusiones en su libro que retratan la condición humana, en general, y de los hombres, en particular: "Los hombres necesitaban menos motivos para matar que las mujeres (...) Los hombres mataban a las mujeres por capitulación. La muy puta no les dejaba hacer lo que les venía en gana. La muy puta cocía excesivamente el bistec".
Villa, natural born killer, lo sabe bien. Denle la bienvenida: es nuestro Hombre Moreno.

domingo, 29 de marzo de 2009

Las Matemáticas no saben de fútbol

Barcelona está llena de estudiantes que se encaminaron a los cenagales de las carreras de letras movidos por su horror a las Matemáticas. Abundan en sus calles las gentes que sólo con oír el término "raíz cuadrada" cambian de acera y se santiguan. Y las orlas de licenciados están llenas de infelices que aprobaron gracias a la infinita paciencia de sus profesores particulares, de los compañeros de clase que se dejaban robar el examen de logaritmos pese a la proximidad de la temida maestra.
Esta caverna es poco amiga de los números. Cuanto escapa a la regla de tres (muy útil para calcular el porcentaje de puntos que gana el Barça 82,1%), al cálculo de su goal average (84-24=60) o a sencillas divisiones para averiguar cuántos goles cantamos por partido (84/28=3) se considera en este foro una frivolidad perversa.
Porque los números, en efecto, son poco de fiar. Esta semana La Vanguardia publicaba unas cifras que situaban a Eto'o como el mejor goleador del Barça de los últimos 15 años, por delante de leyendas como Ronaldinho, Romário, Rivaldo o Stoichkov. Que el camerunés sume 103 goles en Liga, más que ninguno de ellos, puede explicarse por su enorme ambición, los dos ciclos ganadores que ha vivido y los cinco años que lleva en el Camp Nou. Pero lo que no tiene pase es que Kluivert, aquel artista fallón, sea segundo con 90. Y qué decir de Romário, que aparece como el menos prolífico: aguantó sólo 15 meses y se quedó en 34, como aquel monstruo llamado Ronaldo, líder en goles por partido (0,91). Las matemáticas se empeñan en desacreditar a personajes cuyo recuerdo aún suscita emoción: Stoichkov tiene un promedio goleador de 0,47 por partido, exactamente el del gran Ronaldinho. Y Rivaldo, ese héroe griego, marcó menos que Kluivert y fue menos efectivo que Ronaldo.
El fútbol, afortunadamente, no se hizo de números, sino de alaridos que salieron no de una estadística, sino de un solo momento de magia. Vean estos momentos y escupan, con la conciencia tranquila, a las Matemáticas.
http://www.youtube.com/watch?v=BGud9vKGapA http://www.youtube.com/watch?v=4rXizKWFnDQ http://www.youtube.com/watch?v=Xb_vCqRkBv8 http://www.youtube.com/watch?v=TuHBHnnTMls (3' 05'') http://www.youtube.com/watch?v=6F1J8cRXXxI

miércoles, 4 de febrero de 2009

Gol al Alzhéimer

Alguien escribió, a cuento de los premios y las distinciones en el fútbol, que los jugadores tienen alma de chatarrero y espíritu de pirata. Por algún extraño motivo, les emociona ganar el Balón de Oro y les deja fríos el FIFA World Player. El primero lo conceden los corresponsales de France Football y el segundo, los entrenadores y capitanes de todas las selecciones del mundo. Y sin embargo, es el primero el que les arranca las lágrimas, mientras que al segundo le destinan una sonrisa complaciente.
Otro ejemplo es el veraniego Teresa Herrera, que por su atroz tamaño es considerado en muchos rincones de Suramérica un título oficial. Qué decir de las incalificables clasificaciones de la IFFHS, que mes a mes concide distinciones estrambóticas y a menudo inexplicables. Un debate más serio exige estudiar por qué el Mundial se considera la competición más grande del mundo, cuando el nivel del fútbol de selecciones está cada vez más lejos del de los clubes, convertidos en onces de estrellas planetarias. Los sentimientos nacionalistas exacerbados lo explican sólo en parte: la verdadera razón de que el Mundial sea el título por excelencia está en que no hay un solo jugador en el mundo -Oleguer al margen- que no haya soñado con levantar ese título como hicieron Pelé o Maradona.
Las ganas de perdurar, de dejar su nombre en la historia, son lo que mueven a los grandes jugadores. Saben que cuanto más metal haya en las vitrinas de su casa, más años durará su recuerdo. Que cuantas más distinciones ganen, más tiempo saldrá su nombre en las tertulias de los bares. Cuando vi a Messi celebrar el gol 5.000, el de la remontada en Santander, no tuve ninguna duda de que le hacía ilusión esta circunstancia.
La semana le ha dado la razón: han aparecido nombres exóticos y remotos como Marco Aurelio -marcó el gol 1.000- y Zaballa, autor del 2.000 para desesperación de Zaldúa, que marcó antes y después que él. Hemos recordado que un día el Camp Nou veneró a una máquina de golear llamada Quini, que hizo el 3.000 y cuyo partido de homenaje pude presenciar entre ríos de lágrimas, conscientes de que la escenografía del Camp Nou equivalía aquella noche a un entierro. Hemos rescatado a Amor, quinta esencia de las virtudes de La Masia y de la bonhomía, de quien años después aún dicen esto los que vivieron en el Dream Team: "Siempre se hablaba de Guardiola, pero el Guillermo era per sucar-hi pa".
Si mil goles ligueros equivalen a una década y éstas pasan a la memoria por sus goleadores más certeros, está claro que dentro de cincuenta años los ancianos que queden para verlo recordarán con ilusión a esa pequeña maravilla llamada Messi que voló como un avión por encima de un lateral que le sacaba una cabeza, resistió un penalti y se propulsó como sólo él sabía para empalmar de volea cruzada un golazo al Alzhéimer.