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jueves, 7 de marzo de 2013

Balones con forma de tibia (IV): Scott Parker



Dejen que hoy, en esta sección maravillosa, nos entretengamos con una tremebunda proeza de la Premier League, la competición de la que el poeta dijo estas atronadoras verdades. El mozo de la imagen es Scott Parker. Ahí le tienen: pequitas, sonrisa deslumbrante, raya en el pelo, onda del flequillo. A pesar de su aspecto de mediofondista de Carros de Fuego, este lord ha sido capitán de Inglaterra. Pasa por ser un volante técnico y tiene ya 32 añitos; teniendo en cuenta que debutó como profesional con 16 primaveras, uno puede imaginar que a estas alturas ya comprende que una falta dentro del área puede llegar a ser considerada penalti. (Lo será siempre y cuando no pase por ahí el gordo de Andy y Lucas y haga ese gestito con la mano que le hace inmune a todo mal).

La otra noche, Scott, siete veces yerno del año para las devoradoras de galletas del elegante barrio de Chelsea, nos dejó esta joya dentro del área. (Youtube nos boicotea: la acción ocurre al minuto y 20 segundos del vídeo). Fíjense en la acción, merece la pena estar en este Hall of Shame. Doble plancha, el árbitro a un metro, gritos e imprecaciones, las manos a la cabeza... Se lleva incluso la mirada de espanto de un colegiado acostumbrado a ver atrocidades cada fin de semana.

(Sé que son tiempos de penurias y que llevan ustedes dos días geolocalizando a un árbitro turco. No sean así. Disfruten, amigos, de la locura incomprensible de este deporte).

martes, 30 de marzo de 2010

Once ingleses con otras tantas sartenes

"Una buena sartén debe causar lesiones graves si se la estampas a cualquiera en la cabeza. Si dudas qué se abollará primero -la cabeza de la víctima o la sartén- tira en el acto la sartén a la basura".
Anthony Bourdieu, Confesiones de un chef.
Señoras: hoy, haute cuisine. Debe de parecer extraño cuando el Barça se juega nada más y nada menos que meterse en unas semifinales europeas. Pero la ocasión lo merece: del mismo modo en que la cocina puede ser un arte o un McDonald's, el fútbol puede ser La Masia o las islas británicas. Se trata, sencillamente, de conocer a un rival mucho más terrible que la exquisitez de Cesc, los voltios de Walcott o los ojos en blanco de Arshavin.
Resulta que el Arsenal es un equipo inglés y como bien saben ustedes, una de las razones para el desprecio que en este foro sentimos por la Premier radica en la locura que preside todas sus acciones. El el de las islas un juego básico, apasionado y viril. En Brasil se juega con las caderas del mismo modo que en Inglaterra todo parte de las entrañas. El fútbol de las Islas, el mejor del mundo para disfrutarlo desde un pub, destaca por sus entradas salvajes y su absoluto desprecio de la táctica, digno de los más descerebrados alumnos de segundo de Primaria. ¿Cambia algo Wenger, ese poeta del rencor? En fin: pongan a un filósofo a los mandos de un tanque y comprobarán que el tanque sigue aplastando todo a su paso.
Y bien, ¿qué ocurría en las islas mientras en Barcelona se gestaban las espumas, las texturas y las deconstrucciones? Seguramente perfeccionaban su técnica para freír pescado podrido con patatas sin que se notara mucho. ¿Quieren saber qué piensa de la cocina el señor Bourdieu, que de ser futbolero amaría la Premier? Dice que en las cocinas trabajan "una sarta de matones, borrachos, rateros, psicópatas y fulanas". Que el oficio "atrae a sujetos al borde de la legalidad, a gentes que han pasado por alguna experiencia atroz en la vida". Que al salir del restaurante y en fechas navideñas, tenía que esforzarse "para no decir: 'Pásame el jodido pavo, hijo de puta'".
Señores Busquets, Keita, Piqué, Puyol y compañía: mañana no es el Mallorca. Es una banda de locos programada para el saqueo, el pillaje y el homicidio. Van armados con sartenes y buscan venganza.

domingo, 28 de febrero de 2010

La conjura

Habría que ver el partido para entender lo que sufrió el Manchester City en su visita al estadio del líder, el Chelsea. El equipo de Lampard atacaba una y otra vez y el balón, como si el campo hiciera bajada, estaba siempre en el área del equipo visitante. Pero aguantaron y ganaron por un contundente 2-4.
La victoria se fraguó en un momento decisivo: al inicio del partido, en los protocolarios saludos, Bridge miró a los ojos a su antiguo amigo del alma pero le negó la mano. El gran John Terry sufrió seguramente su peor momento desde el día en que decidió castigar con un resbalón la prepotencia de su amo ruso. Esa mano muerta, suspendida en el aire sin nadie que viniera a recibirla, es una de las imágenes del año.
Después, la venganza fue cosa de esos dos energúmenos llamados Tévez y Bellamy. Cuando el argentino marcó su segundo gol, lo celebró abrazado a Bridge, señalándole: acababa de revelar la conjura del equipo para regalarle la victoria al cornudo más famoso de las Islas. Y en fútbol, un vestuario conjurado es una de las cosas más temibles que hay.
En todo ello pueden pensar los aficionados de Barça y Madrid en esta nueva y lamentable Liga escocesa que disputan. Es muy probable que gane el equipo que más lo quiera, el vestuario más conjurado. ¿Por quién apostarían ustedes? ¿Por Cristiano, Guti y Ramos? ¿O por un equipo que cada semana alinea a diez canteranos?

jueves, 4 de febrero de 2010

Un amigo llamado Ramón

"En una ocasión le pregunté a un jugador profesional de qué hablaba con su compañero. La respuesta revela

una de las ricas posibilidades de la psicopatología: 'No habla conmigo. Habla con su pene.

Le dice Ramón y le recuerda lo que han vivido juntos'”.

Dios es redondo, de Juan Villoro

Permítanme que les hable hoy de John Terry y la catástrofe nacional británica en que se ha convertido su desliz con la señora de un compañero y amigo de siempre, Wayne Bridge. Terry (en la foto, el más alto) no es sólo el jugador mejor pagado de la Premier, es sobre todo el capitán de la selección inglesa. En Inglaterra, quien lleva ese brazalete es considerado el quinto cargo público más importante del Reino Unido. El affaire, pues, se sitúa casi al nivel del que pudiere tener el primer ministro, la mismísima reina o el picarón del arzobispo de Canterbury (granuja). Concluyen bien: Terry, efectivamente, está jodido.

Un buen amigo de esta Caverna, de los personajes siniestros y las fiestas entre semana, explica con conocimiento de causa que los líos de faldas destrozan los vestuarios mucho más a menudo de lo que podría parecer. Y claro, una mira al del Barça y por más que haya monjes de clausura a manos llenas, acaba por preocuparse. Porque son jovenzuelos y conocidos, tienen un ego enorme y les sobran tiempo, dinero y ocasiones para encontrarse con las parientas de sus compañeros.

Hay quien cree que los futbolistas vinieron al mundo a disparar la euforia y la natalidad (¡seacabaelmundo!) ajenas y a guardar santa castidad. Pero no es así. Crucemos los dedos y no olvidemos que todos los jugadores guardan en algún lugar a un amigo llamado Ramón.

martes, 5 de mayo de 2009

'Football' bueno, 'football' malo

Inventaron el fútbol y lo exportaron. Desde entonces se dedicaron a maltratarlo dentro del campo y a venerarlo fuera de él. Sólo en Inglaterra, cuna de este deporte universal, podía darse una cultura capaz de amar la pelota, el pub, las pintas y los rugidos tanto como las segadas, las peleas de borrachos, el patadón p'arriba y los contactos físicos que denominaríamos no deseados.
Las estadísticas del Barça contra clubes ingleses son para echarse a temblar, y no es necesario recordar el historial de tragedias azulgrana en esta competición ante rivales menos dotados técnicamente. El juego directo y ramplón se ha atragantado históricamente a los azulgrana, que mañana juegan el que es probablemente el partido más difícil del año en el feudo del millonario Abramovich, el hombre de quien la FIFA dijo que era un peligro para el fútbol. En Stamford Bridge espera una pléyade de estrellas hambrientas (Essien, Drogba, Terry) pendientes de lograr el único título que les tortura después del increíble error en los penaltis de la última final que protagonizó su capitán (http://www.youtube.com/watch?v=KqwaO_54afk). Espera un ambiente terrible y sobre todo, espera la quinta esencia del fútbol inglés, ese regalo llamado Frank Lampard.
El ocho del Chelsea, un ejemplo de centrocampista llegador y exquisito, emocionó al mundo del fútbol en las semifinales y final de la última Champions, cuando su madre acababa de morir y ya se cocía su separación de su señora. (http://www.youtube.com/watch?v=TRB0EDKVbrY&feature=fvsr). Por encima de esa otra rareza que es Gerrard, Lampard representa junto a las pintas y los pubs, lo mejor del fútbol inglés.
Pero adonde el Barça viaja no es a un templo de románticos enamorados del balón, sino a uno de los estadios más duros del planeta, donde Terry o Ballack no tendrán inconveniente en jugarse la roja a cada acción. Los permisivos arbitrajes UEFA, ante un fútbol por naturaleza como el británico, dan miedo. De entre todas las acciones con que podría ilustrar el amor inglés por el tackle y las entradas salvajes, me quedo con ésta: http://www.youtube.com/watch?v=uOivzoRc0I8&feature=related. Su autor responde al nombre de Boris Johnson y, atención, no es un alcohólico sacado de algún frenopático de la zona cinco de Londres, sino el alcalde de la ciudad, que hizo esta barbaridad en un partido benéfico. ¿Se imaginan a Hereu?
A pesar de Lampard, el fútbol no merece otra final entre ingleses. El fútbol se inventó para evolucionar, no para quedarse en la prehistoria; el fútbol ama al Barça.

lunes, 3 de noviembre de 2008

La tardía victoria de la catiusca

La gloriosa jornada 9 deja miles de datos estadísticos para el recuerdo. Deja crónicas que hablan de una Banda "ridícula" y "vulgar". Deja la 11ª victoria consecutiva de la Pepa Mecànica y la convicción de que el Barça es un equipo hambriento y duro. Sitúa al Barça por encima del Madrí más goleador de la historia, el de la 89-90, y del mejor equipo azulgrana de siempre, el de las cinco Copas, con 3,11 goles por partido.
Pero el fin de semana merece ser recordado por el líquido homenaje a las generaciones y generaciones de escolares barceloneses que en esta tierra de climas suaves y escasas precipitaciones vivían cada tormenta como si del Armaggedon se tratara: en efecto, cuando llovía, en las escuelas se prohibía el fútbol. Armados con flamantes catiuscas rojas que nunca lograron estropear, los niños llegaban a escuela cariacontecidos, mirando el cielo y con la seguridad de que aquel día no habría fútbol.
La hidrofobia reinante en Barcelona alcanzaba incluso a las competiciones infantiles, a la elite de los futboleros de metro y medio: si llovía, nada de entrenos. Si caían cuatro gotas, nada de partidos. Si el campo estaba mojado, se prohibía toda actividad para evitar la cascada de tríadas, fracturas craneoencefálicas y roturas del tendón de Aquiles. La normativa era tan rígida que vestir catiscuscas era sinónimo de estar, por un día, incapacitado para la vida motriz. Durante años y años, los escolares futboleros asistían a los días de lluvia con una sensación de vergüenza y acompañados por el eco de una carcajada, la que salía de la garganta de Gerrard, Terry y compañía, que jugaban triunfantes y bárbaros por los barrizales del Reino Unido. En Barcelona eso era imposible: el fútbol se convertía en un arte equlibrado y seco, con cierto tufillo aristocrático, ignorante de la gloriosa sensación de hacer una 'segada' sobre el charco para regocijo de millones de partículas de agua.
A costa de generar tantas frustraciones, golear bajo la lluvia ha acabado siendo un deseo inconfesable de los niños barceloneses, como esa atractiva profesora de Naturales, como conducir el coche de papá o dejar en el ascensor un mensaje criticando al insufrible vecino del sexto. En Málaga no se libró un partido: aquello fue un homenaje a las catiuscas tristes e inmaculadas que esconden los armarios de Barcelona.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Del fútbol sin cerebro

Con el paseo del Liverpool ante el Inter se ha confirmado la presencia de todos los equipos ingleses en cuartos de final de la Champions. Asisto admirado al torrente de elogios hacia la Premier League, considerada ya la mejor del mundo.
Como antiguo corresponsal deportivo en el país de las pintas, considero absolutamente ficticia la supremacía de esa Liga. La Premier tiene cuatro equipos de una potencia económica por encima de lo normal. Manchester United, Chelsea, Arsenal y Liverpool se han beneficiado en los últimos años de la fuerza del pound respecto al euro y de la fiscalidad británica a la hora de convencer a los cracks para fichar por sus equipos. Sus plantillas destacan por la obsesiva ausencia de ingleses -los inventores del fútbol no han logrado meterse en una Eurocopa donde sí estarán Grecia, Rumanía, Suecia, Polonia o Turquía- y sus directivas, por la presencia de inversores extranjeros que tanto podían haber aterrizado en Londres como en Viena.
Sin embargo, juzgar una Liga por el nivel de sus grandes es un error. El Aston Villa, el Bolton, el Newcastle, ésos son los equipos que hay que mirar, para comprobar que juegan estrictamente al patadón y que tienen como estrellas a antiguos cracks que viven de sus glorias pasadas. "En España jugar bien es un concepto relacionado con la calidad y el toque de balón. En Inglaterra, jugar bien sólo tiene que ver con la intensidad y el ritmo", dijo sabiamente Laudrup un mes atrás.
Siempre es más fácil destruir que crear y contragolpear a jugar al ataque, y ése es desde siempre el secreto del horror balompédico británico y la clave de sus triunfos. El Arsenal juega bien, es cierto. El Manchester, a veces, también. Más o menos como el Barça, o el Villarreal. El resto juegan a lo que pueden, a acumular tíos atrás, a cerrar todas las puertas al rival y a machacar al contragolpe. Malouda, fichado por el Chelsea este verano, parafraseó a su manera a Laudrup: "Durante los partidos es como si los cerebros de los jugadores se apagaran. La gente juega por instinto, como lo hacían cuando descubrieron el fútbol por primera vez".
Que no corren tiempos de poesía en el fútbol europeo es cierto. Que Inglaterra es un sobrevalorado jardín futbolístico del que sólo deberíamos clonar sus horarios, sus pubs, y su cerveza, también. Tranquilidad, pues: el día en que Xavi, Iniesta o Deco deban mirarse en Mascherano, Carrick, Mikel o Flamini queda aún muy lejos. Por el bien del fútbol de toque.