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lunes, 7 de enero de 2013

Encuentros en el Balón de Oro




Pongamos que había trabajado en la cosa farmacéutica. Química legal, cuidados para abuelos, placebos, algo de cosmética... No poca miseria humana y una cierta voluntad de ayuda al prójimo. Pongamos que decidió dejar aquello, juntar sus ahorros y hacerse con un bar. Encontró uno apropiado. Con solera y clientela habitual. Además, el bar no tenía un nombre cualquiera, tenía un nombre sonoro y difícil de olvidar: el bar se llama Balón de Oro. Se lo quedó.



Pongamos ahora que todo ello ocurre en Barcelona e imaginemos que cuando nuestro farmacéutico lleva dos años fregando cada tarde el suelo de su bar, el barrio recibe un nuevo vecino. Al principio es una leyenda urbana, que luego se convierte en rumor y asciende toda la escala de las mentiras bíblicas hasta adquirir el estatus de verdad completa: Leo Messi vive ahí mismo.



Pongamos que el Balón de Oro es el bar más cercano a la morada terrenal del Dios del fútbol. Pongamos que cualquier mañana, el único mortal con cuatro esferas doradas en su vitrina decide tomarse un café. Cuando entre en ese local, no habrá en ese instante ni una brizna de casualidad: será un triunfo de la incierta ley de la atracción entre cuerpos dorados.


No me dirán que Barcelona no es una ciudad maravillosa. No me dirán que Messi no es poético hasta en el café con leche.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El encuentro

Si no me he perdido en mi genealogía, creo recordar que la Casa Fuster acogió a principios de siglo XX el taller de un bisabuelo. Hoy alberga uno de los hoteles más extraordinarios de Barcelona, con un salón modernista de los de 6,50 euros una Coca-Cola.
Fue ahí, mientras escuchaba al antiguo príncipe y futuro presidente de este país, donde ayer me encontré de forma fortuita a Guardiola. El mismo gesto despierto que luce en los partidos, la misma mirada penetrante, idéntica presencia feroz. Antes de tomar asiento, eligió una silla desde donde controlaba todo el local y desde donde podía controlar a las cámaras y periodistas que pululaban a escasos quince metros.
Sin ángulo de visión y algo intimidado, no me fijé en qué tomaba. Sí en su larga conversación telefónica, que me fue imposible oír, aunque me desbocó la imaginación:
-A Mourinho le metemos cinco aquí y cinco allí y listos.
-Veo a Piqué algo flojo. Necesito el teléfono de Shakira ya.
-¿Qué hace Leo? ¿Le habéis llevado esas Natillas que le gustan? Ojo que tenía callos en la mano de la Play, compradle otro mando.
-¿Pastore? ¿Afe- qué? No me jodas, me cago en la puta. Va hombre va, si Tiago y Jonathan están que la rompen.
En efecto, fue un encuentro tranquilizador.

lunes, 3 de noviembre de 2008

La tardía victoria de la catiusca

La gloriosa jornada 9 deja miles de datos estadísticos para el recuerdo. Deja crónicas que hablan de una Banda "ridícula" y "vulgar". Deja la 11ª victoria consecutiva de la Pepa Mecànica y la convicción de que el Barça es un equipo hambriento y duro. Sitúa al Barça por encima del Madrí más goleador de la historia, el de la 89-90, y del mejor equipo azulgrana de siempre, el de las cinco Copas, con 3,11 goles por partido.
Pero el fin de semana merece ser recordado por el líquido homenaje a las generaciones y generaciones de escolares barceloneses que en esta tierra de climas suaves y escasas precipitaciones vivían cada tormenta como si del Armaggedon se tratara: en efecto, cuando llovía, en las escuelas se prohibía el fútbol. Armados con flamantes catiuscas rojas que nunca lograron estropear, los niños llegaban a escuela cariacontecidos, mirando el cielo y con la seguridad de que aquel día no habría fútbol.
La hidrofobia reinante en Barcelona alcanzaba incluso a las competiciones infantiles, a la elite de los futboleros de metro y medio: si llovía, nada de entrenos. Si caían cuatro gotas, nada de partidos. Si el campo estaba mojado, se prohibía toda actividad para evitar la cascada de tríadas, fracturas craneoencefálicas y roturas del tendón de Aquiles. La normativa era tan rígida que vestir catiscuscas era sinónimo de estar, por un día, incapacitado para la vida motriz. Durante años y años, los escolares futboleros asistían a los días de lluvia con una sensación de vergüenza y acompañados por el eco de una carcajada, la que salía de la garganta de Gerrard, Terry y compañía, que jugaban triunfantes y bárbaros por los barrizales del Reino Unido. En Barcelona eso era imposible: el fútbol se convertía en un arte equlibrado y seco, con cierto tufillo aristocrático, ignorante de la gloriosa sensación de hacer una 'segada' sobre el charco para regocijo de millones de partículas de agua.
A costa de generar tantas frustraciones, golear bajo la lluvia ha acabado siendo un deseo inconfesable de los niños barceloneses, como esa atractiva profesora de Naturales, como conducir el coche de papá o dejar en el ascensor un mensaje criticando al insufrible vecino del sexto. En Málaga no se libró un partido: aquello fue un homenaje a las catiuscas tristes e inmaculadas que esconden los armarios de Barcelona.