"Perdónanos, Pep, porque no sabemos lo que hacemos". Algo así debería murmurar el buen barcelonista cada vez que se pierde un partido. Cada vez que trabaja a la misma hora en que juega el Barça. De hecho, hay soluciones: flexibilidad laboral, compensación de horas de trabajo perdidas, abandono de aquellos empleos que impidan seguir el segundo año de esta maravilla de la técnica. Lo que sea por los brotes verdes del Camp Nou.
...No consentirás pensamientos ni deseos impuros, no codiciarás los bienes ajenos y no te perderás ni un minuto de este equipo. El undécimo mandamiento es de cumplimiento obigatorio en la dorada era en que Messi sigue enamorado del balón y convierte cada acción en un desafío. Pero el barcelonista, frívolo e ingrato por naturaleza, se mete en un local cerrado sin televisión a la hora del partido.
Habrá que recordar que el primer pecado capital es, en efecto la lujuria: ese exceso carnal que hace a uno olvidarse de que nada es tan precioso como este prodigio futbolístico que, como todos, es caduco. El pecado es mayor ahora, cuando este equipo echa a andar y aún vacila y se equivoca. Cuando se estrena un nueve que no busca balones al espacio, cuando Henry debe demostrar que sigue siendo un digno titular de este equipo de leyenda, cuando está por descubrirse a este prodigio de la fealdad, a este Chigrinski, cuyos antepasados se cruzaron sin lugar a dudas con el último Austria, allá por el siglo XVII (http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Juan_de_Miranda_Carreno_002.jpg). Cuando está por ver si este Barça sigue hambriento.
Aún así, hay gente que se casa en sábado, con lo hermosos que lucen los trajes en jueves. Perdónanos, Pep.
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domingo, 20 de septiembre de 2009
Pecado capital
"Perdónanos, Pep, porque no sabemos lo que hacemos". Algo así debería murmurar el buen barcelonista cada vez que se pierde un partido. Cada vez que trabaja a la misma hora en que juega el Barça. De hecho, hay soluciones: flexibilidad laboral, compensación de horas de trabajo perdidas, abandono de aquellos empleos que impidan seguir el segundo año de esta maravilla de la técnica. Lo que sea por los brotes verdes del Camp Nou.
...No consentirás pensamientos ni deseos impuros, no codiciarás los bienes ajenos y no te perderás ni un minuto de este equipo. El undécimo mandamiento es de cumplimiento obigatorio en la dorada era en que Messi sigue enamorado del balón y convierte cada acción en un desafío. Pero el barcelonista, frívolo e ingrato por naturaleza, se mete en un local cerrado sin televisión a la hora del partido.
Habrá que recordar que el primer pecado capital es, en efecto la lujuria: ese exceso carnal que hace a uno olvidarse de que nada es tan precioso como este prodigio futbolístico que, como todos, es caduco. El pecado es mayor ahora, cuando este equipo echa a andar y aún vacila y se equivoca. Cuando se estrena un nueve que no busca balones al espacio, cuando Henry debe demostrar que sigue siendo un digno titular de este equipo de leyenda, cuando está por descubrirse a este prodigio de la fealdad, a este Chigrinski, cuyos antepasados se cruzaron sin lugar a dudas con el último Austria, allá por el siglo XVII (http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Juan_de_Miranda_Carreno_002.jpg). Cuando está por ver si este Barça sigue hambriento.
Aún así, hay gente que se casa en sábado, con lo hermosos que lucen los trajes en jueves. Perdónanos, Pep.
lunes, 12 de enero de 2009
Te amo
Era la celebración del primer gol en el Calderón, la primera alegría de las seis que ha habido esta semana, y Alves agarró a Messi, le abrazó y le gritó en el oído lo que siente el barcelonismo: "¡¡Te amo!!".
En este frío invierno en que batir récords parece cosa de rutina, en que no importa perder en el minuto 80 porque sabes que probablemente la cosa acabará en victoria, Messi está reeditando sensaciones que sólo los más grandes han hecho sentir al Camp Nou. Desde el primer día en que apareció por La Masia se veía que era un crack, pero es ahora cuando ha entrado en la dimensión vetada al resto de los mortales.
En los últimos 20 años, pocos jugadores han alcanzado el nivel actual de Messi, en que combina fantasía y confianza hasta llegar a ser tan decisivo como lo ha sido esta semana, en que ha sumado cuatro goles, una asistencia y ha participado también en el sexto. Podríamos recordar al Stoichkov que convirtió la furia en una virtud, a aquella maravilla llamada Romário que nos hizo creer en la 93-94 que todo es posible con un balón en los pies. A esa explosión de fuerza y talento que era Ronaldo antes de entrar en el lado oscuro y criar barriga, a ese héroe solitario llamado Rivaldo que nos dio tantas tardes de gloria. Podemos recordar a ese diez tocado por los dioses que fue Ronaldinho durante tres temporadas, que en su temporada de máxima exuberancia futbolística acabó la temporada con 25 goles y 20 asistencias, un registro que parecía sencillamente insuperable.
Messi, al que además acompaña un equipo hambriento y solidario, suma ya 20 tantos y 10 pases de gol. Al final de cada partido, uno reza para que no se lesione. El inicio de cada día sin fútbol llega ahora lleno de suspiros, renecs y consultas al calendario para ver cuándo vuelve a jugar este Barça indomable. Y uno concluye que no aguanta un día más sin ver en acción a esta increíble Bestia de 169 centímetros de estatura a la que el fútbol ama.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Sobre la felicidad
El buen barcelonista lleva una semana levantándose mal. Encendiendo el teléfono móvil con la certeza de que le han llamado del hospital, de que ha ocurrido una desgracia. Consultando si su banco ha quebrado. Sorprendiéndose cada vez que abre el armario y dentro no encuentra a ningún hombre musculoso con un escudo del Espanyol tatuado en el tríceps. Comprobando, asombrado, que Messi no ha dado positivo en ningún control antidoping. Muchos han optado por somatizar tanto desconcierto, pillar la gripe y así poderse quedar en la cama a meditar su suerte.
Y todo porque la semana prevacacional fue tan perfecta (el clásico, el sorteo de Champions, la victoria en Villarreal, la ventaja en lo alto de la clasificación y los fichajes de La Banda) que el barcelonista espera ahora que se le castigue por tanta felicidad. Uno no sabe si esta predisposición innata al sufrimiento tiene raíz en nuestra cultura judeocristiana ("¡Arrepentíos, arrepentíos!") o se explica más bien por la historia del club: el robo de Di Stéfano, los palos de Berna, las dos décadas de Rexach, las lesiones de Maradona, los penaltis de Sevilla, etcétera.
La realidad es que el Barça es así. Patidor y cenizo. Los culés suelen coincidir en que la alegría por ganar la primera Liga de Rijkaard fue menor a la tristeza del desastre del Tamudazo. El éxtasis de la Champions de París habría sido una minucia al lado del luto que habría seguido en caso de haber perdido. De hecho, en este club sólo idiotas insensatos como Maxi López han sabido celebrar las cosas como se merecen. Miren a Belletti: él sí parecía del Barça. Marcó el gol de la década y no sabía si reír o llorar. Lo celebró una hora después de acabado el partido, saliendo en chancletas al césped de Saint Denis a escuchar el silencio del estadio y a mirar la portería donde hoy está su altar.
El Barça, en la victoria, parece un escolar tímido al que la profesora más odiosa felicita por un examen: sólo quiero que acabe el tormento. Y en la derrota, pues eso: reniega de Di Stéfano, de los palos cuadrados, de Duckadam, de Gaspart y de la madre que los parió a todos.
domingo, 14 de diciembre de 2008
El día perfecto
En la caverna corre hoy la cerveza y se asan jabalís. Sus gentes se abrazan y cantan canciones desafinadas. Hay cola en los kioscos y ganas de sintonizar Antena 3. Es el merecido homenaje que tienen los buenos guerreros, los que sobrevivieron al Clásico y pueden celebrar haber nacido a este lado de la trinchera.
El Barça-Madrid es siempre un día especial, en que se concentran las emociones y se embotan los sentimientos. El de ayer no fue una excepción: de Barcelona a Pekín y de Pekín a Nueva York hubo gente que estrenó televisor nuevo para ver a Messi más guapo. Hubo gente que recurrió a sus fieles de las grandes noches para reeditar la tradición de la danza de la guerra ante el eterno rival, hubo quien se reencontró con su infancia de batas azules y rojas -de blanco iban las enfermeras que te pinchaban el brazo un segundo después de preguntarte si te gustaba el fútbol, ¡traidoras!-. Y hubo corazones que justo ayer dijeron que no pueden más y pasaron el partido en un quirófano entre batas blancas.
Todo eso fue un Barça-Madrid que dejó escenas imborrables. Mecidas por el Perfect Day de Lou Reed se suceden hoy imágenes de esa calamidad desvergonzada que se llama Drenthe, del fanatismo de Sagado besándose el escudo, la grandeza de Casillas volando bajo la lluvia para parar un penalti, la locura africana celebrando un gol, los puños de Valdés bajo el chubasco, la legión de ancianos de la grada recibiendo con una muralla de cuernos a Palanca en un saque de banda.
El Barça-Madrid es la mirada de Messi fija en el balón antes de que le llegara en el último minuto, cuando ya había decidido lo que iba a intentar. Es ese balón flotante [http://es.youtube.com/watch?v=Y7JI1a-iS6k (1' 29")], colgado del aire mientras el argentino y otras 100.000 personas lo empujaban con los ojos hacia la red.
Fue una dulce agonía que ocurrió instantes antes de que Barcelona entera se abrazara a un barril de cerveza para poner punto y final al día perfecto.
domingo, 5 de octubre de 2008
El Barça ha vuelto
Cuentan los sismógrafos que la de ayer fue la segunda ola que se ha visto en el Camp Nou en tres temporadas. Después de que el equipo alcanzara la gloria y se inmolara en París, sólo una vez más se vio al estadi sumido en la euforia con Rijkaard en el banco: fue justo antes de que Rufete metiera un pase al hueco y Tamudo arrebatara el título al Barça para entregarlo al Madrid. En todo el pasado año, ni una sola vez se vio a la afición volcada con su equipo. Nunca.
Dicen los obsesos de la estadística que después de París, el Barça sólo ganó en tres ocasiones partidos que comenzó perdiendo. Tres en dos años, ante rivales como el Celta, el Athletic de Bilbao y el Depor. Y añaden que en todo este horrible paseo por la nada, sólo en tres ocasiones encadenaron cuatro o más victorias seguidas (septiembre de 2006, noviembre de 2006 y octubre de 2007).
El equipo de Guardiola parece dispuesto a que olvidemos todo aquello: en tres semanas, ha ganado seis partidos seguidos. En tres días ha remontado a dos equipos broncos como el del incalificable Sánchez Llibre y el de ese héroe griego llamado Brandao. Y ayer, en 25 minutos logró erizar el pelo al barcelonismo con una avalancha de fútbol arte. Fue un Barça voraz y con recursos, un Barça donde Messi hace soñar, Iniesta bordea la estética pura y Xavi imparte lecciones de sabiduría. Un Barça donde Eto'o sabe que cualquier día puede ir al banquillo o fuera de la convocatoria y en que hasta Henry quiere enchufarse.
Ayer, durante esos 25 minutos perfectos en que humilló al Dinamo del Manzanares, uno supo que este tierno equipo de púberes y talentosos canteranos está llamado a ilusionar otra vez al Camp Nou. Se acabó la puta transición: el Barça ha vuelto.
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