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martes, 27 de julio de 2010

Hasta nunca

El cruel verano no sólo ha traído miseria a esta Caverna. El mes de julio ha certificado las despedidas de tres de las grandes fobias del barcelonismo, com fueron Tamudo, Raúl y Guti. Sobre los dos primeros circuló siempre una curiosa teoría -discreción, por favor-: en realidad, eran la misma persona.
A pesar de los orificios nasales de uno y del cuello de hámster del otro, las similitudes son enormes. Ambos fueron goleadores de instinto y orgullo, oportunistas, gente entregada al olfato y poco dotada para las proezas de Youtube. Se convirieron en símbolos de sus aficiones, uno por ser el españolazo del milenio, el otro por su contrastado analfabetismo de barriada.
Sobre el césped, alcanzaron la condición de mitos. Raúl mandó callar el Camp Nou, rozó el Balón de Oro y ganó tres Copas de Europa, siendo decisivo en la final en dos de ellas. Mientras le aguantó el cuerpo, fue una suerte de Capitán Trueno y un azote que nos hizo creer a los barcelonistas que el escudo era más importante que el juego. Tamudo, por su parte, nos dio la noche más horrible de todos los tiempos para hacer feliz a Tomás Guasch y ganó, además, dos Copas con el Espanyol, un éxito tremendo.
Sin embargo, una vez estuvieron acabados, se dedicaron a destrozar sus respectivos equipos. Mientras uno ejecutaba a Owen, Ronaldo, Anelka, Negredo, Robinho, Baptista, Huntelaar o cualquiera que pudiera hacerle sombra, el otro masacraba a Lotina, Valverde o Lopo para manter su dictadura. Sus despedidas llenan ahora de felicidad al barcelonismo, pero mejoran automáticamente el ambiente y el juego en sus equipos.
Y de Guti, qué vamos a decir. Ha habido talibanes convencidos de que estábamos ante el Pelé rubio, gente que decía que habría sido titular en el Barça. Guti era jugador de un solo pase, no de combinación, era un indolente vanidoso, un tumor a la altura de Raúl Tamudo Blanco y una alegría permanente para el Barça. Era un genio, sí, y también un cantamañanas.
A los tres, un mensaje: nadie que ame su club les echará de menos este año. Y un recordatorio: fue durante su apogeo futbolístico cuando el Barça se convirtió en el mejor equipo del mundo.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Fútbol en blanco y negro

No hace falta ser Nietzsche ni pasarse el día en la biblioteca para saber que la historia tiende a repetirse: desde el sofá de casa, equipado de un mando en la mano y luciendo bigote de espuma cervecera, se aprenden hermosas lecciones.
En sólo quince días, los futboleros hemos asistido con placer al espectáculo implacable del peso de la historia. Primero fue ese artista maligno llamado Del Piero que masacró al Madrí con el sello añejo que tuvieron los mitos futbolísticos que alumbraron los años 90. Pinturicchio cuenta hoy 34 años pero lleva ya cuatro dedicado a la épica tarea de alargar su magisterio en unos tiempos que ya no son los suyos. Desplegó su talento en los 90 y hay algo en su fútbol, en esa zancada corta y lenta, que le convierte en un romántico, que recuerda a Hagi, Laudrup o Romário; a esos viejos maestros que maravillaban sin ruborizarse por no entrenar, por tener calambres, por sus físicos frágiles. Y sin embargo, Del Piero reinó en el Bernabéu y sacó la lengua a la noche madrileña para celebrar sus goles –en un gesto, por cierto, que pusieron de moda los Rolling Stones en los 70, pero que han empleado los guerreros maoríes en sus danzas bélicas desde hace siglos-.
El arte de golear pasada la treintena no es una exclusiva del italiano, claro. Ahí están las tremendas temporadas que han firmado en los últimos años Raúl o Van Nistelrroy. Sin embargo, hay algo de metálico el instinto asesino del holandés y en la tozudez del capitán blanco que les convierte en hijos androides del nuevo milenio. Del Piero es distinto. Ya hace tiempo chocó con Capello, porque éste, en su sabiduría, lo reservaba como a una de esas trufas blancas que da el norte de Italia. Aquellas sesiones de banquillo, de ver pasar por delante de él a delanteros musculosos y hambrientos, sirvieron para preservar su calidad y olfato, para verle cantar gol en el Bernabéu, en un alarido que compartió con Cantona, Francescoli o Baggio.
Y esta semana hemos presenciado la proeza del Real Unión, todo orgullo y fe, propio de unos jugadores y un escudo que no han olvidado que ganaron hasta cuatro veces la Copa y uno de los equipos más temidos de España. Los goles de Eneko Romo y compañía fueron para algunos un milagro. Viéndolo con perspectiva, tras la parálisis sobrevenida de Dudek, como tras la la parábola de Zizou en Glasgow o el triunfo del Liverpool en Estambul ante el Milan, se escondía una sencilla verdad que resuena en las grandes citas: la historia juega y gana.