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viernes, 8 de febrero de 2013

Una Etrusco en el olvido




A quienes tenemos mala memoria nos invade en ocasiones un pesar, un neguit, una sospecha de haber olvidado algo trascendental, un momento que deberían permanecer imborrable en nuestro recuerdo. Esta sensación empeora cuando uno presiente que lo que olvidamos llegó envuelto en un manto de las casualidades.

Me explico: es posible que dentro de unos años yo haya olvidado que el 24 de enero de 2013, en el día del patrón de los periodistas, fui despedido del trabajo con razones miserables y argumentario psicotrópico. Es posible también que no caiga en que poco después, mi hermano se admiró de encontrar mi rostro -no tiene otro nombre- en la web de El Periódico, el diario que nos quitábamos de pequeños para constatar, domingo tras domingo, que Miquel Àngel Nadal, con cuatro estrellas, había vuelto a estar "Pletórico". Pero sí, tengo esa suerte.

Han ocurrido otros fenómenos raros y sospechosos en los últimos días. Mi querido Diego me hizo llegar días atrás este documento, un homenaje al tiempo en que a este rincón sólo se acercaban incondicionales para sumar, con enorme regocijo del autor, cinco visitas al día. Hoy me veo en la urgencia de hablar de mí, ya que he comprobado, atónito, que, con ésta, son ya 500 entradas.  "Qué lástima de juventud", me decía aquella señora, tanto tiempo atrás, cuando le recitaba alineaciones pretéritas. Pero somos así, para qué disimular. Y esta redondez numérica llega justamente cuando el instigador de la Caverna se reconcilia con mis fobias y vuelve a aparecer por aquí.

Pero la hierofanía más extraordinaria que he vivido estos días es, sin ninguna duda, el avistamiento, la otra tarde, de una verdadera Etrusco en los pies inexpertos de dos niños que salían de la escuela. Yo estaba en compañía de mi madre, la primera víctima de mis soliloquios futboleros, hace tres décadas, y no pude evitar reincidir:

-¿Veus allò? La millor pilota que s'ha fet mai. No sé on la vaig perdre. 

Fue un momento de gran asombro.

Disculpen que me haya puesto íntimo, pero ocurre que cada ocho de febrero esta cueva tiende a cumplir años; ya son cinco. Y de vez en cuando conviene recordar que este refugio tiene también algo de dietario, de crónica sentimental. A veces encuentra eco en alguna cabeza y en algún corazón.

Estarán de acuerdo conmigo en que la desmemoria es un drama importantísimo. ¿Cómo pudo ocurrir que perdiera mi Etrusco?

martes, 31 de julio de 2012

Oda a unos gayumbos



Cualquier aficionado a este deporte sabe que superstición y fútbol son dos enamorados intempestivos, vigorosos y entregados. Los raptos amatorios de esta relación se suceden en los vestuarios, en los banquillos, sobre el césped, en las gradas y, por supuesto en los cajones de la ropa interior. Cuántos futboleros esconden allí, dobladitos y pacientes, su amuleto inmortal, su sufrido Excalibur.

Permitan, pues, que les hable de mis calzoncillos, me veo en la urgencia de hacerlo. Fueron unos fieles compañeros de viaje desde el horror gaspartiano. Se dieron de sí con Ronaldinho y sufrieron la corrosión imparable de los aminoácidos con la explosión de Messi y compañía. Al principio los usaba como escudo en cualquier desplazamiento complicado, en partidos importantes.  Vivieron infinitos desastres y, por supuesto, el horror del Tamudazo. Con el tiempo y el éxtasis, aprendí a reservarlos; sólo precisaba de sus oscuros poderes en las grandes citas. La cosa tenía su enjundia, ya que debía estar seguro de que estarían en el cajón antes de cada partido a vida o muerte. En los rigores de mayo convenía, ya imaginan, lavarlos sin demora para ajustarse al calendario. Y no les engañaré: ¡cuántas veces fue imposible lavarlos a tiempo, y tuvieron que cambiar, pobres, el confort de la bolsa de la ropa sucia por mi aterrorizada entrepierna! Ése fue el caso de nuestra mejor noche, la del Iniestazo: siempre les agradecí secretamente aquel alarido en Stamford Bridge.

El último capítulo de estos héroes del balompié se ha comenzado a escribir esta mañana. Forzado por la necesidad, me los he puesto, para descubrir con horror que se habían dado de sí, que a duras penas cumplen su sórdida función, piden a gritos una jubilación y pasar al cielo de los gayumbos. Pero tal vez aún puedan dar de sí: es mucho lo que han dado, me han acompañado desde muy lejos y a lo mejor aún obran milagros, aunque no sea como calzoncillos, sino como astroso y deforme pañuelo. Mientras yo estudio el caso de mi amuleto, y confronto mis supersticiones y mi fe con mi escaso raciocinio, hagan ustedes un ejercicio similar y valoren la eventual renovación de Puyol.

viernes, 8 de junio de 2012

Tenemos que hablar



Queridos cocavernarios:

Por una extraña y venturosa concatenación de sucesos me encuentro con que desde hoy mismo seguiré un blog sobre la Eurocopa en el neonato Huffington Post español. De este modo podré prolongar mi insobornable compromiso con el humor, el fúngol y la miseria económica. Ustedes ya conocen mis preferencias, mis convicciones y hasta mis colores en esto del fútbol de selecciones. Tal vez en ese otro foro pueda darles algo de consuelo a esta vida tenebrosa que nos han traído las vacaciones de Messi.

Y por favor, no me ofendan. Esta Caverna seguirá aquí, encantada de su compañía y tan mísera como siempre.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Mi primera vez

Ustedes ya saben que el 8 de febrero tiendo a ponerme tierno y sensiblón. El de 2012 supone el cuarto cumpleaños de este rincón misérrimo. El éxito de esta Caverna es rotundo: en el último año ha recibido la visita de 17 filántropos o despistados cada día. A ellos quería agradecerles su bonhomía y brindarles la historia de mi primera vez con Messi.
Era la primavera de 2005 y comenzaba a entrenarse con el primer equipo. Melenudo, cheposo y con cara de recién despertado, se decía que era la repera. Pegado a la valla de hexágonos, veía competir a aquel plantel que ya volaba hacia la Champions y donde mandaban Ronaldinho, Xavi, Eto'o o Deco. Me gustaba ver los partiditos de seis contra seis en espacio reducido y con porterías normales con que Rijkaard acababa las sesiones. Los partidos tenían tres normas: máxima intensidad, duración de tres minutos y el amor era el argentino. Repetía una jugada una y otra vez. Jorquera sacaba con la mano y dejaba muerto el balón a su izquierda. Por ahí aparecía aquel demonio supersónico, que rodeaba al portero superando la persecución estéril del Gabri de turno para chutar a primer toque. En la otra portería esperaba el cañonazo un tío llamado Valdés. Gol. Gol. Gol. Gol. Infinidad de veces por entrenamiento, gol. Marcaba muchísimo más que Ronaldinho y Eto'o.
Por aquel entonces, a Messi le gustaba juguetear, sobre todo con Deco. Se pasaban el balón al primer toque sin que tocara el suelo, tac, tac, tac, tac. Deco le aplicaba entonces una medicina que para otros compañeros era letal: en lugar de dárselo franco, lo golpeaba con fuerza para que subiera 15 metros antes de caerle a Messi, que esperaba con la mirada perdida en el cielo a un metro y medio de distancia del portugués. Cuando le caía el melón, la Bestia Parda no intentaban un control, ni abandonaba el juego, como hacían otros. La devolvía a un toque con una volea aún más fuerte, que subía otros 20 metros antes de caerle, perfecta, a Deco. Éste la devolvía de igual manera. Aquella elipse infinita solía acabar con el error del portugués, que abandonaba el lugar entre oscuras murmuraciones. A Messi se le quedaba cara de interrogante, alguna vez me pareció adivinar una sonrisa.
Aún tuve un tercer momento con La Bestia Parda de cuando era rookie. Tenía que escribir un reportaje sobre Ronaldinho y pensé que, siendo su amigo, querría contarme un par de cosas. Me acerqué al menudo jugador, que estaba enchandalado y hablando con un par de amigos.
-Leo, perdona, soy Albert Martín, de El Mundo -él abandonó su conversación y se giró para mirarme-. Quería preguntarte un par de cosas sobre Ronaldinho para un reportaje sobre el Balón de Oro. ¿Qué has aprendido de él como jugador? ¿Por qué dices siempre que es tu amigo?
Durante un segundo, Messi me miró a los ojos con la frialdad salvaje con que miraría años después a Van der Saar o Casillas. Tras ese breve vistazo, ni siquiera trató de marcharse: volvió a girarse, dándome la espalda, y siguió a lo suyo.
Ahí quedé yo, a dos palmos de aquel adolescente, asombrado de mi tranquilidad para asumir aquella humillación. Cuando pienso en el trabajo que me da esta locura cavernícola, y en la humilde repercusión que tiene, me gusta recordar el día en que me comí la espalda del genio. Me gusta recordar que, a pesar de mi natural retorcido, se lo perdoné sin más. Sabía lo que le hacía a Valdés y a Deco a diario. Y sabía que tendría la suerte de contar lo que se avecinaba.

jueves, 5 de enero de 2012

La sonrisa y la fe

Como saben, corren tiempos de crisis y miseria en este país. El asunto es particularmente duro en un medio por civilizar como es el periodismo. Y miren, esta semana se ha conocido que Público entra en concurso de acreedores, un eufemismo para decir que la agonía se prolongará durante un tiempo aún.
Servidora ha recibido montones de mensajes de ánimo esta semana, cosa agradable, que le recuerda a uno los grandes amigos que tiene por ahí. Esta ola de solidaridad también tiene una vertiente morbosa, parece que uno asista a su propio funeral. Confieso que hasta es divertido.
Pero quiero compartir con ustedes un momento en que uno se siente íntimamente reconfortado: el instante de esta noche en que Messi salta al campo y despliega su astucia y su saber. La apertura a banda con rosca con el exterior de su zurda mitológica. La inevitable frecuencia con que llega al gol.
Hay quien dice que es una inmoralidad que La Bestia Parda gana 20 millones de euros al año. Falso: enfermen o quédense en paro y comprenderán que cobra poco. Sobre sus piernas descansa la fe y la sonrisa de un pueblo entero.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Jesus loves me

Después de 371 entradas, tres años, nueve meses y 21 días de blogueo marginal, esta Caverna recibió ayer una noticia que quiero compartir con ustedes. No se entusiasmen: ni el Bar Deportes ni la Libreta de Van Gaal ni ningún otro tótem han tenido a bien recomendar este rincón. El seguimiento de esta creación es tan humilde como de costumbre -y a fe que son ustedes un público selecto y reducido, prácticamente les conozco a todos ustedes y eso es una suerte-. Tampoco he recibido, ¡ay, las!, un ofrecimiento económico para ganarme la vida con este artefacto.
Lo ocurrido ayer es mucho mejor que eso. Sin más dilación: Juliano Belletti se asomó ayer a Twitter para agradecer a este Cavernario que tenga como foto de perfil la misma que incluyo aquí y que también uso en el Facebook de este blog. Don Juliano Belletti in person. Mi reacción, pueden imaginarlo, fue ponderada, como corresponde a un señor de orden que transita ya su cuarta década. En fin, le respondí con un enlace a la entrada-homenaje que le dediqué en su día. Y hoy, en las estadísticas, aparecía una visita desde Brasil, algo que ayer no tenía. Qué quieren que les diga, uno escribe para que de vez en cuando ocurra una cosa así.
Entiendo perfectamente las psicopatologías, traumas y frustraciones que revela este mensaje. Pero sean comprensivos: les escribe el demente que un día parió La Caverna Azulgrana. Y qué demonios, estaba harto de verle la cara a Gabri.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los nunca vistos (VII): Raül G.

Álex S. murió en 1993 siendo un niño. Su nombre invoca desde entonces una sombra de desgracia y de dolor a la generación de los Salesianos de Rocafort que aprendió un luminoso día de primavera que el fútbol podía ser un asunto de vida o muerte.
Su desgracia se fraguó en un partidillo de A contra B. Alguien intentó regatear sin apercibirse de que era Raül G. quien le esperaba, agazapado. Como casi siempre, robó el balón, cruzó el centro del campo, tiró una pared y en tres zancadas estaba ante el portero. ¡Gol!, gritó Álex S. desde la banda. Poco dotado para la malicia y la vanidad, aquel niño no era futbolero, pero lo celebró como cualquiera habría hecho: saltando. El cristal donde aterrizó se rompió y cayó al vacío, unos 40 metros de terror, para estrellarse en un agujero oscuro donde perdió la vida.
Hay quien recuerda a Raül G. llorando y reprochándose aquel gol. Nunca se le vio tan humano. Era un jugador digno de los años 40, de Estudiantes de la Plata. Jamás sonreía, era duro, solía llevar zapatillas contundentes, tipo Shayber, conocía las virtudes de una plancha y la utilidad de los codos. De mirada fría, era un gran defensa, chutaba fuerte y se podría decir de él, como cuentan de Nuestro Glorioso Capitán, que obtenía un genuino placer en la destrucción de juego.
De él también se conoce que, a pesar de su rictus marcial, tenía dos hermanos pequeños pendencieros y saltimbanquis que no tenían inconveniente en pegarle un guantazo a cualquiera, ya fuera su hermano mayor o un entrenador. Raül no les frenaba. Le tocó criarse en una casa que estaba a escasos metros de donde tuvo lugar la tragedia de Álex S., en una casa donde llegaba bien nítido el crisol de los gritos de los niños en el patio.
En aquella época, cuando Raül G. jugaba era incapaz de sonreír y era muy difícil superarle. Probablemente siga igual. El fútbol y la vida fueron crueles con él.

jueves, 14 de julio de 2011

Compromiso

Se quejaba Bunbury que "para siempre" le parece "mucho tiempo". Nunca me intimidaron sus palabras. Servidor, de natural sencillo, opina que algunas cosas no deberían cambiar ni ahora ni dentro de 100 años. Que hay asuntos en los que vale la pena ser tozudo por más que pasen los años, las modas, las décadas y las penas. En esta semana de fiestas apocalíticas y fuegos artificiales y vacaciones y amigos que uno se llevaría a cualquier partido y "awww!", a este cavernícola se le antoja escribir un endecálogo.
1. ¿Qué es eso de que uno debe dejar el fútbol cuando sienta que hace el ridículo? ¡Venga hombre, si el sagaz Barjuan jugó 13 años en Primera! Jugar a fútbol hasta que no sea capaz de tenerme en pie. Y según cómo, continuar un poco más.
2. Harto de gente que monta cenas en restaurantes cuando juega el Barça. No, mire, usted y yo somos distintos, cómase a su abuela, mejor, que me piro al bar, que hay tele, a tomarme unas birras con mi Diego. Respetar los días de guardar.
3. Ir a Canaletes para verse rodeado de gente insólita comporta sentirse a) Un anciano, b) Un sabio ilustre como Punset, c) Una persona viva y feliz. Por tanto, peregrinar a Canaletes con cada título o humillación gloriosa a La Banda.
4. Hay ciertos escalofríos que uno no olvidará en la vida, pero conviene ser consciente de que los milagros existen y sienten predilección por el azulgrana. Visionar cada dos o tres semanas la chilena de Rivaldo al Valencia y el pepino de Iniesta a Cech (con Alfredo Martínez a todo trapo).
5. Los artistas son débiles, inconstantes, frágiles. Pero nos recuerdan todo lo grande que hay en el ser humano; muchas veces a costa de su obra se pierden como personas. Amar a Ronaldinho y a los de su estirpe por encima de todas las cosas.
6. El pragmatismo, ese gran coñazo. El miedo, ese enemigo de lo seres humanos. Driblar como último defensa cuando así se me antoje.
7. La Banda, hay que admitirlo, merece el mayor de los respetos que se debe al gran rival: el del insulto eterno. Injuriar y vejar a La Banda, a todas las Bandas a lo largo de los lustros, como si nunca hubieran de dejar de ser esta Banda repugnante de los portugueses y del Tito Flo.
8. Nunca llegué a la suela del zapato de Romário, jamás me pareceré en lo más mínimo a Messi. Pero la gracia de este juego está en autoengañarse. Intentar esos caños, esos eslalon y esas vaselinas que nunca salen.
9. Qué éxito incomparable, qué bonito cuando un compañero cree que se la vas a dar y sigue la jugada, tira el desmarque, esprinta movido por la fe. Pasarla siempre que sea humanamente posible. Pasarla también cuando no lo sea.
10. El fútbol pertenece a la calle, no a los que se lucran con él. Denunciar a los usurpadores, allí donde se escondan, desde la tribuna que sea necesario.
11. Nada más bonito y más simple que una pelota rodando en la calle, botando en la plaza, golpeando una pared. Mirarlas con deseo y con la boca abierta y el corazón sobrecogido; en ellas está la felicidad.
Y que esto sea así por mucho tiempo, que traducido al idioma de la gente sencilla, quiere decir para siempre. Que esta pasión se apague con mi vida. Y que lo que el blog ha unido, que no lo separe el hombre.

sábado, 18 de junio de 2011

Cerrado por secuestro.

Dorsal 4: S. Gramos.

martes, 8 de febrero de 2011

Perseverar

Aquel equipo de colegio iba de rojo. Participaba en la Liga escolar, sinónimo de una competición donde los gordos, los malos, los negados, todos tenían su ración de minutos. El entrenador no sabía nada en absoluto de fútbol sala, nada, pero se sacaba unos dineros. Los únicos espectadores que seguían sus partidos eran padres buenistas, o gente temerosa de la vida familiar y sabatina. Ganar contaba, sí, pero de aquella manera.
No ayudaban a la competición unos esos árbitros no federados, con auténticos problemas de visión y que en ningún caso habían jugado a fútbol. En el vestuario no había problemas, salvo por aquellos hermanos que se sentían los Laudrup. Nadie cobraba un duro, por supuesto, y cada cual se lavaba su equipación en casa. De vez en cuando había que jugar con unos petos sucios de meses que habrían impresionado por su hedor hasta a un caballo.
Con el tiempo, conocí aquella otra casa, lujosa, con preparadores físicos, fisioterapeutas, ayudantes. El entrenador era un cabestro, en este caso uno que obtenía una íntima satisfacción insultando a los adolescentes que éramos. Los minutos se ganaban con sudor y también con entradas duras en los entrenamientos, había viajes, un montón de ropa de marca que lavaban en el club y la mayoría de jugadores cobraban. Pero el fútbol sala seguía siendo una cosa cutre y eso lo impregnaba todo; la pista en que jugábamos ya no era de cemento pero tenía nombre de prostíbulo (El Picadero). La delincuencia lo impregnó todo. Se formaron bandos en el vestuario, había jugadores que nunca jamás pasaban el balón a determinada gente, había insultos y piques y-lo más maravilloso- había por lo menos tres energúmenos que robaban a sus propios compañeros. Chancletas de ducha, toallas, bambas, nada escapaba a su inquina.
En aquella época entrenábamos en una pista dura, apodada Siberia, junto al Camp Nou. Los cazadores de autógrafos nos veían y lógicamente nos ignoraban, al acabar no era raro que alguien saltara la verja y corriera hacia el metro por miedo a quedarse tirado. Todo bastante cutre, lejos de la élite todo lo es.
Han pasado tres lustros de aquel equipito que iba de rojo y resulta que el Bosco Rocafort, tras una decena de ascensos, juega en Nacional B. Es, agárrense, el segundo mejor equipo de los miles de ellos que hay en la ciudad de Barcelona. Por delante sólo tiene al Barça, que juega en División de Honor y que ganó este fin de semana el primer título de su historia. Nada mal para un club en que no hace tanto la gente se robaba las chancletas en el vestuario.
Hoy, cuando se cumplen tres años de la creación de este rincón, quería rememorar todo eso. Porque a pesar de todo, hay que perseverar.

martes, 23 de noviembre de 2010

El poder de la mandíbula (y II)

Es buena verdad que en el fútbol se conoce a la gente. El asombro del balón flotante y los desafíos a la ley de la gravedad desnudan a los jugadores más de lo que quisieran. Y ayer, durante cinco minutos, un grupo de periodistas tuvo ocasión de conocer al futuro presidente de la Generalitat.
Deben saber que no lo hacía mal: el supercandidato que ha presentado el azote convergente sabe idiomas, no pierde jamás el control de sí mismo, tiene una estupenda onda de pelo, domina el mundo del dinero y, cómo no, juega a fútbol. Según me comentó con ese inaudible hilillo de voz suyo entre toque y toque, jugó en un equipo llamado Júnior durante tres años, lo hizo como centrocampista y extremo y, según las hagiografías -abundan en estos tiempos de regreso al pasado-, fue conocido como Flecha negra.
Francamente, al Mas futbolista (que suma hoy 54 años) se le intuye un pasado y cierta clase. No cuesta imaginarle como un extremo cepat, potente, tipo Faubert, tal vez con poco regate pero muchas piernas. Lo de Mas como volante ya cuesta más: anoche se le vieron deseoso de lucir sus habilidades, pero es sabido que nada peor para un centrocampista que olvidar al prójimo, y al presidenciable se le vio poco talento para repartir juego.
¿Qué preocupación extrae uno de esos cinco minutos con Mas? Que su mandíbula, y todo lo que de ella se deriva, se hagan plenamente visibles una vez llegue al poder. Y que haya un vídeo en que a este periodista, todo rigor y sentido crítico, se le vea tan acaramelado con el futuro president que acabe incluso recibiendo sus aplausos.

lunes, 4 de octubre de 2010

El hogar

En esta noche funesta me acuerdo de Teresa, la tía exiliada de Ambros Adekwarthi, que vivía en EEUU y volvía un mes y medio cada año a su Suiza natal para ver a su familia. Cuentan que pasaba las tres primeras semanas llorando de alegría; las tres siguientes lloraba de pena. Todas sus cartas comenzaban con una misma introducción: "Queridos familiares que estáis en vuestra casa. ¿Cómo estáis? Yo estoy muy bien".
Y pienso en Maslow, en el segundo eslabón de su pirámide, en el ser humano y sus miserias y sus miedos y su perpetua añoranza del útero.
Una casa segura, una casa.
Sin ella, la nada.

miércoles, 28 de octubre de 2009

¿Qué le contaré?

¿Qué le contaré dentro de un año, y dentro de dos, y cada glorioso 27 de octubre?
Le hablaré del fútbol, ese deporte en que los presupuestos son indiferentes, ese juego absurdo en que la lógica nunca se cumple. De la vida, esa complicada sucesión de días en que uno nunca sabe a qué atenerse, en que cada cura esconde a un padre y cada quiniela a un millonario.
Le contaré del Alcorcón, ese Brasil de la meseta que arrasó al equipo más prepotente jamás pensado. Y del Madrí (Madrit, caca), esa ruina venida al mundo para aleccionar a la gente sobre lo que es y lo que no es la vida. De Florentino, ese anafabeto, ese hombre que mira su cuenta bancaria y nada entiende, ese antifútbol que ha convertido a La Banda en la risa de Europa y al Barça en el NuevoTestamento.
Le diré que sueñe a lo grande, porque los más pequeños son capaces de cualquier cosa. Que la vida puede ser maravillosa.

sábado, 10 de octubre de 2009

Que corra el tiempo

Hace ahora tres años que servidor cometió uno de sus cuatro grandes errores profesionales al escribir un artículo de opinión sobre las maquinaciones de Tamudo, De la Peña y Luis García en el vestuario del Espanyol: http://www.elmundo.es/papel/2006/10/06/catalunya/2034152.html.
Por la solvencia de las fuentes, el tema debería haber sido un reportaje, nunca un triste artículo. Como consecuencia de ello, los protagonistas de la trama llevan desde entonces negándose a ser entrevistados por mis antiguos compañeros de trabajo.
Veo con asombro que aquello se publicó un 6 de octubre de 2006, hace ya tres años. Aún sigo arrepentido. Sin embargo, resulta divertido ver cómo siguen todos metidos en ese mismo vestuario. Y además, con Pochettino en la trinchera de enfrente. Esta semana se ha sabido que Luis García, por defender a Tamudo, se encaró con un periodista. Y que el hombre que provocó al antibarcelonismo el orgasmo más grande jamás contado (http://www.as.com/futbol/articulo/tamudo-polvo-siglo/dasftb/20070610dasdaiftb_23/Tes?print=1) pide abandonar el club en diciembre. Cuando eso ocurra, eso será como un milagro para los pericos o filopericos que han visto su club secuestrado por el mejor delantero de su historia. Será una bendición para quienes tenían ganas de perderle de vista para siempre.
Los que dicen que el tiempo todo lo cura tienen razón. Quien escribió que el verano siempre llega, también. O eso espero.

miércoles, 2 de abril de 2008

De regreso al hogar

Os haré una confidencia: el nombre de este blog surge no sólo de la primitiva condición del buen aficionado al fútbol. Desde que empecé a informar de este equipo el 8 de febrero de 2005 -la misma fecha del cumpleaños de Stoichkov, para qué lo voy a ocultar, y fecha también de la fundación de esta humilde empresa- muchas veces he pensado que los periodistas del Camp Nou hacemos poco menos que interpretar señales de humo y sombras deformes en la pared.
Certezas hay pocas, dudas, muchas, y miserias, aún más. Con el tiempo me he convencido de que la aproximación más agradecida y honesta que uno puede tener con este mundo es la del puro aficionado, y por eso esta noche de abril quiero celebrar mi adiós a las acreditaciones y mi regreso a la bufanda.
La primera amiga que hice en un medio de comunicación, que por cierto se había dedicado a cosas tan nobles como el doblaje de cine porno, me dio una vez un consejo que no he olvidado: "No te dediques a lo que más te gusta; acabarías odiándolo". Porque el becario que fui no la ha olvidado y porque creo desaforadamente en el periodismo, la primavera me ha regalado cambiar a la sección de Sociedad.
No temáis por esta caverna; aquí seguiréis encontrando mis alaridos, mis profecías y las confesiones de las antorchas infiltradas que iluminan nuestra gruta. Una última cosa os diré: esta noche la primavera ha sonreído, como lo han hecho Bojan y Eto'o. Incluso he creído ver, por un momento, la sonrisa de Milito en pleno acoso alemán, encantado de ver a todos sus compañeros disponiéndose a sufrir.
Por qué ocultarlo: el niño culé que llevo dentro también sonríe, sabiendo que volverá al campo con licencia para insultar.

lunes, 11 de febrero de 2008

Así empieza todo

Hoy es necesario que escriba un cuento infantil que va mucho más allá de empates afortunados y goleadas sangrantes. Un cuento tan importante que se remonta al día que nació el fútbol.
“Cuentan que fue así: había dos niños, Gabriel y Guillem, que se acostumbraron a estar juntos desde sus primeros días. Lloraban, comían y dormían a la vez. Respiraban como uno solo. Aprendieron a gatear la misma semana y sus primeros tambaleos andantes tenían rumbo a un mismo abrazo.
“Un buen día, cuando ya había crecido lo bastante, Guillem sorprendió al mundo gateando a toda velocidad rumbo al pote de las galletas. Al llegar, sonrió complacido. Entonces no lo sabía, pero acababa de descubrir el Juego.
“Poco después, estando los dos en el parque, descubrieron una bandada de palomas al sol. Sin necesidad de mirarse decidieron disolver la reunión y rompieron a correr hacia ellas. Una contagiosa carcajada acompañaba cada nuevo paso y de ese modo celebraron el descubrimiento del Deporte.
“Y llegó, por fin, el día en que se enfadaron: Gabriel se esforzó por alcanzar una pelota antes que Guillem y cuando la tuvo no se la quiso dar. Sus caras crispadas reflejaban la excitación de haber dado con algo nuevo: la Competición. Al día siguiente, en cuanto apareció la esfera multicolor, Guillem hizo la trabanqueta a su compañero de aventuras. Había nacido el Fútbol”.
Si alguien me preguntara cuál es mi imagen preferida de este deporte, ésa sería la de un balón perdido en mitad de la nada, esperando a ser encontrado. Su soledad contempla todas las posibilidades y emociones que conoce la humanidad. Y si alguien me preguntara con qué imagen describiría la vida, elegiría la de unos padres acariciando con un dedo a su diminuto recién nacido.
Una pelota pesa un máximo de 450 gramos y su circunferencia se mueve entre los 68 y los 70 centímetros. Mis sobrinos, nacidos hoy, son más o menos lo mismo: dos minucias redondeadas con toda la infinidad del mundo por delante.