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jueves, 1 de diciembre de 2011

Jesus loves me

Después de 371 entradas, tres años, nueve meses y 21 días de blogueo marginal, esta Caverna recibió ayer una noticia que quiero compartir con ustedes. No se entusiasmen: ni el Bar Deportes ni la Libreta de Van Gaal ni ningún otro tótem han tenido a bien recomendar este rincón. El seguimiento de esta creación es tan humilde como de costumbre -y a fe que son ustedes un público selecto y reducido, prácticamente les conozco a todos ustedes y eso es una suerte-. Tampoco he recibido, ¡ay, las!, un ofrecimiento económico para ganarme la vida con este artefacto.
Lo ocurrido ayer es mucho mejor que eso. Sin más dilación: Juliano Belletti se asomó ayer a Twitter para agradecer a este Cavernario que tenga como foto de perfil la misma que incluyo aquí y que también uso en el Facebook de este blog. Don Juliano Belletti in person. Mi reacción, pueden imaginarlo, fue ponderada, como corresponde a un señor de orden que transita ya su cuarta década. En fin, le respondí con un enlace a la entrada-homenaje que le dediqué en su día. Y hoy, en las estadísticas, aparecía una visita desde Brasil, algo que ayer no tenía. Qué quieren que les diga, uno escribe para que de vez en cuando ocurra una cosa así.
Entiendo perfectamente las psicopatologías, traumas y frustraciones que revela este mensaje. Pero sean comprensivos: les escribe el demente que un día parió La Caverna Azulgrana. Y qué demonios, estaba harto de verle la cara a Gabri.

martes, 28 de junio de 2011

El 29 de diciembre de 2006 publiqué este homenaje a Belletti en El Mundo. Ahora anuncia su adiós al fútbol y todo tributo es poco. Su nombre irá siempre ligado a un gol, a un instante en que fuimos felices y nos convenció de que pese a todo, seguíamos siendo grandes.
El año Juliano
Es en la última escena cuando la heroína rubia se enfrenta a su verdugo. Le derrota mediante la técnica de Los cinco puntos de presión para hacer explotar un corazón. Al malvado Bill sólo le queda dar unos pasos sobre el césped antes de caer muerto.
El guión iba a repetirse a las 22.18 horas del 17 de mayo a la vista de medio mundo. Una veintena de deportistas bregaban bajo la lluvia en un campo de fútbol al norte de Francia. Era el ocaso del choque cuando uno de ellos decidió buscar la gloria.
Recogió un rechace y metió un balón profundo a Larsson. Avanzó unos metros, con ese trote elástico tan suyo. Dudó. Repentinamente, su instinto le ordenó lanzar un desmarque por detrás de Ljunberg. Mientras aceleraba, vio cómo Larsson salía del área para devolverle el cuero con el interior del pie izquierdo. Una sucesión cósmica de frustraciones acababa de desencadenarse.
El rapidísimo Cole no alcanzó el balón por un maldito milímetro. Hincó la rodilla justo para ver cómo un futbolista con perfil de contrabandista se disponía a recibir en el corazón del área. Mientras el esférico rodaba, el lateral inglés no sospechaba que el nombre de Juliano Belletti estaba a punto de instalarse para siempre en su memoria.
Y eso que Belletti era sólo el gafe en un equipo de campeones. Si había que dar una hostia, ahí estaba él. Cuando insultaba al rival, le cazaban las cámaras. Un día en que superó a todos en un juego de puntería, aquello resultó ser un entrenamiento y nadie supo de su gesta. Y para colmo, en dos años en el Barça no había marcado ni un triste gol, con una sola excepción: batió a Valdés en la eliminatoria contra el Chelsea de la campaña 2004-2005.
El control se le fue largo. Fueron las cinco zancadas más importantes de su vida, tratando de mantener ángulo para chutar pese a la embestida de Flamini. Cuando llegó el disparo, el defensor se estiró al máximo. Los tacos de su bota izquierda presintieron el balón, conocieron su veneno, pero no alcanzaron a tocarlo.
Eran las 22.18 horas cuando la pelota impactó en el gemelo de Almunia -que se maldeciría la pantorrilla por siempre jamás- antes de besar la red. El juego más democrático del mundo acababa de llamar a Belletti, como haría después con Materazzi o Cannavaro, entre sus elegidos. Era el instante soñado de todos los niños culés: un gol que valía una Champions. En la grada del Stade de France, el padre y el hijo del dos azulgrana le vieron cubrirse los ojos con ambas manos para llorar bajo el chubasco.
Y Belletti, como el villano que inventó Tarantino, gozó de una muerte poética. Pudo dar uno, dos, y hasta tres pasos, antes de caer fulminado sobre el césped. Junto a él se tendió el mejor futbolista del mundo para susurrarle unas palabras milagrosas: «Te lo mereces, te lo mereces».
Tras la piña, acallados los llantos de sus compañeros, Belletti quedó solo ante la historia. Contra toda lógica, pudo levantarse y volver a andar.

domingo, 24 de mayo de 2009

Troya: 2009

Capítulo 2: Jugar para morir

22.18 horas del 17 de mayo de 2006. Un lateral de trote elástico y perfil de contrabandista avanza por la derecha. Ve un hueco y de golpe se encuentra ante el momento más trascendental de su existencia. Da cinco zancadas y chuta bajo la lluvia. Flamini no llega, Almunia tampoco. Desde la grada del Stade de France de París, el padre y el hijo de Belletti le ven cubrirse los ojos con ambas manos para llorar, desconsolado, bajo el chubasco. Da uno, dos, tres pasos, se arrodilla y cae fulminado. En ese momento irrepetible, el Barça lloraba por su segunda Champions; y el fútbol comenzaba a despedir al equipo azulgrana, uno de los más brillantes en lustros.

La muerte de aquel equipo llegó en su mejor momento. Un hecho que nada tuvo de novedoso: durante el primer milenio después de Cristo, los mayas se aficionaron a un simpático juego. Los equipos estaban formados por los mejores representantes de cada pueblo. El balón era de hule, y los sacerdotes, que ejercían de árbitros, vigilaban que nadie lo tocara con la mano. El juego era considerado una ceremonia esencialmente religiosa y los equipos jugaban con furia y pasión por la gloria que esperaba al ganador: la decapitación inmediata de todos sus integrantes.

Bajo la lluvia de París, poco imaginaban Ronaldinho, Deco y compañía su suerte. Como Prometeo, abrazaron la inmortalidad, pero la tradición no les iba a perdonar. El campeón, el equipo más grande del mundo, perdió aquella misma noche las ganas de luchar. En la noche en que firmaron su ascenso a los altares, sellaron también su muerte. A cambio lograron la felicidad de todo un pueblo.